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Black Field

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- En su ópera prima, Vardis Marinakis se sumerge en un periodo oscuro de la historia de Grecia y la convierte en un nuevo y brillante ejemplo de este prometedor periodo del cine griego

Black Field

La premisa de Black Field [+lee también:
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es bastante simple. Es la historia de un amor imposible que se revela convencional al fin y al cabo. Un jenízaro herido es acogido y curado en un convento de monjas, donde se enamora de una novicia muy especial. Se fugan juntos, pero un dramático giro cambiará por completo las cosas.

El único problema es que la historia tiene que ser ambientada en el siglo XVII para que tenga sentido. Y lo que Vardis Marinakis consigue con su modesto presupuesto es demostrar que el cine de época no necesita fastuosos vestuarios para funcionar.

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El cine de época no ha gozado de mucha popularidad en Grecia últimamente y no sólo por cuestiones relacionadas con su alto coste. Hace unas décadas, cuando el cine local era una industria floreciente y el mercado podía permitirse tener un par de estudios, la demanda de reconstrucción de las glorias y fracasos del pasado condujo al género a una decadencia estética y temática.

En medio de esta próspera estación del cine independiente griego, propulsada por directores con algo que decir y una gran elocuencia a la hora de decirlo, aparece un joven realizador con un plan que plantea un riesgo que, en otras circunstancias, nadie tomaría.

“El lado práctico de recrear la época no me asustaba”, ha dicho Marinakis, que ha agregado que, “por otro lado, no es una película de época. Los elementos históricos son más bien un fondo para una historia arquetípica basada en los personajes, que se concentra en la gente, los sentimientos, los sentidos y la imagen”. Y con todo son estos elementos históricos y la imagen que crean lo que da a la película su aspecto más inquietante.

Gracias a la extraordinaria fotografía del británico Marcus Waterloo, los escenarios de Yorgos Georgiou se elevan a la categoría de personaje en sí, envolviendo la historia de Marinakis con una atmósfera de misterio, suspense y fatalidad en ciernes. A través de los grises y los sepias, Waterloo dota a la existencia de las monjas en los pasillos del convento un aire marchito, vacío y solitario. Allí se mueve la cámara de Marinakis con una notable maestría en el uso del ritmo.

La primera mitad del filme, ambientada exclusivamente en el convento, es un estudio turbador y sereno a un tiempo sobre los efectos de un espacio y un tiempo que despoja a las personas de la libertad de expresarse como individuos. Las religiosas de Marinakis se mueven en las sombras de un pueblo fantasma en medio del dolor y la angustia, figuras solitarias en un mundo artificial que les ha obligado a eliminar sus rasgos de identidad.

En la segunda parte, Marinakis lleva a sus protagonistas más allá de los muros de piedra, los límites de su prisión y su protección ante la despiadada realidad, más allá de la ilimitada extensión de la naturaleza. Los colores cálidos y los paisajes idílicos, rodados en Zagorohoria, como una especie de nuevo jardín del Edén, ayudan a Marinakis a acercar la historia hacia sus anteriores cortometrajes.

Los efectos benéficos de la naturaleza llevan a los personajes a conocerse a sí mismos y al otro, sacando sus lados más instintivos. El despreocupado entorno les transforma y les libera de las reglas que les imponía su vida anterior. Todo a punto para algo forzada aunque efectivamente simbólica liberación que Marinakis les tiene preparada.

A fin de cuentas, Black Field destaca como una cinta estupendamente rodada, dirigida de modo impresionante pero algo irregular. Su impacto se ve mermado por la falta de claridad en los objetivos de la historia, así como por la elástica narración elegida por Marinakis. A pesar de todo, sigue siendo un inquietante ejercicio con buenas perspectivas comerciales en el circuito de cine de autor y un buen potencial para festivales que no debería pasar inobservado.

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