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El Molino y la Cruz

por 

- El director polaco Lech Majewski da vida a una pintura del siglo XVI, realizando al mismo tiempo un apasionante drama y una lección de apreciación del arte.

El Molino y la Cruz

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resulta evidente desde la escena inicial. Los espectadores reconocen el paisaje de Pieter Breugel, visto en alguno de los muchos libros de historia del arte. Quizás incluso admirado en persona en el Museo Kunsthistorisches de Viena. Ahí están las familiares figuras de campesinos, congelados por un instante en sus minúsculo y crípticos quehaceres.

Y entonces se mueven.

"Mi pintura tendrá que contar muchas historias", dice el personaje de Breugel, que habla por sí mismo (y por el director Lech Majewski) al inicio de la cinta. "Debería ser lo suficientemente grande para acoger todo. Todo – toda la gente – debe haber al menos cien de ellos".

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Al menos. Rodados y fotografiados, cercanos y lejanos. Cada uno de ellos introducido de modo separado a través de efectos especiales en el paisaje de la pintura de Breugel El camino del Calvario en un proceso que según Majewski se ha prolongado durante más de dos años.

El Molino y la Cruz no es sólo una maravilla de los efectos visuales, sino que es además una obra maestra de la narración, extrayendo una pequeña serie de historias de un exuberante lienzo. Presenta la creación de la pintura, un fascinante tratado sobre el simbolismo de Breugel, un vistazo a la vida en la Holanda española durante la Inquisición y una narración de la Pasión. No está mal para una película de 91 minutos.

Breugel es célebre por derrochar cientos de historias en esta y otras pinturas. Majewski selecciona unas cuantas y se acerca a ellas, manteniendo una narración cinematográfica muy fluida. La más angustiosa es la protagonizada por una joven pareja, cuando él es golpeado y abandonado moribundo junto a una rueda. Pero además están las cándidas historias de la familia de Breugel, con su joven esposa poniendo orden entre una descontrolada manada de niños.

Majewski deleita al público con el personaje del molinero – que representa a Dios, según Breugel. Las escenas del molino son las más deliciosas de la película. Es bonito pensar que Dios se despierta cada mañana, despierta a su gorda mujer con un golpe en el hombro y se acerca a la mesa de la cocina a por un trozo de pan del día anterior antes de empezar a trabajar.

El molino es una historia en sí, un pantagruélico y chirriante artefacto, en parte creación digital y en parte vetusta carpintería. El montaje de sonido de Majewski integra los crujidos y golpes del molino en la banda sonora. El ruido de los zapatos de madera, las pezuñas de los caballos, las hachas de los leñadores y los inevitables martillos propulsan la narración al tiempo que tienen un significado filosófico.

A pesar de estar inspirado por un libro académico, El Molino y la Cruz no es demasiado verboso. Más bien al contrario, a excepción de las breves arengas de los soldados españoles, los únicos diálogos pertenecen a Breugel (Rutger Hauer), su mecenas Jonghelinck (Michael York) y la madre de un condenado (Charlotte Rampling).

Las interpretaciones de estos tres actores son muy sólidas, dando más importancia a la expresión visual de los actores que al diálogo. El rostro arrugado, caído y toscamente afeitado de Hauer nunca había resultado tan expresivo. El Jonghelinck de York es un impotente hombre que lucha por mantener su dignidad. Rampling es la definición del dolor.

Los distintos fragmentos del argumento se mueven juntos y se unen en una escena de multitudes en la que Majewski recrea el preciso instante inmortalizado por la pintura de Breugel. Hay una magistral pausa antes de que se retome la acción.

El Molino y la Cruz es una deslumbrante demostración de la mirada y la habilidad de Majewski, que ha escrito el guión con Michael Francis Gibson, cuyo libro “The Mill and the Cross – Peter Bruegel's "Way to Calvary" ha servido como inspiración a la cinta. Además de la dirección y el montaje de sonido, Majewski ha trabajado en la fotografía con Adam Sikora, el diseño del paisaje y en algunos elementos de la banda sonora.

La película, a pesar de todo, no resulta llamativa. Atrae, entretiene y educa al público y luego hace una reverencia. El final sugiere suavemente que el espectador puede encontrar esta historia y otras muchas en las paredes de museos y galerías. Majewski simplemente ha intervenido y ha puesto a trabajar la imaginación por nosotros.

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