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Cinco metros cuadrados

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- Una película que nos hace reir y llorar ante el conflicto de la crisis, en este caso la inmobiliaria, gracias a un guión ácido, una dirección vibrante y unos actores entregados.

Cinco metros cuadrados

La crisis nos arrolla. Desde lo más básico: nuestro trabajo, vivienda o familia. Una de las víctimas de este tsunami social es el protagonista de esta película, Alex (Fernando Tejero), un hombre que se gana la vida trabajando honradamente. Se va a casar con Virginia (Malena Alterio) y anima a su chica, mientras preparan el enlace, a comprar un bonito piso desde cuya terraza, de cinco metros cuadrados, se podrá ver el mar. Pero han adquirido su vivienda sobre plano e ignoran que, mientras ellos sueñan con ese nido donde empezar a edificar su futuro, un político corrupto (Manuel Morón) y un constructor sin escrúpulos (Emilio Gutiérrez Caba) especulan con su dinero, sus ilusiones y sus derechos. Así que la casa nunca se acabará de construir. Y el dinero invertido no se recuperará en su totalidad. Estas goteras irán inundando de desdicha y amargura el proyecto de feliz vida juntos de nuestros protagonistas, hasta límites insospechados, trágicos y terribles, pero tan reales como la crisis global que estamos sufriendo (casi) todos.

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ficha del filme
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fue la película vencedora de la última edición del Festival de Cine Español de Málaga, alzándose, nada más y nada menos, con cinco galardones: Mejor film, guión, actor protagonista, secundario para Jorge Bosch y premio de la crítica. Todo un logro para Max Lemcke, un director que empezó tarde en esto del cine pero que se está afianzando en un género que borda: la tragicomedia. Porque como sucedía en su anterior Casual Day, de nuevo Lemcke vuelve a diseccionar -con la ayuda de sus guionistas habituales, los hermanos Pablo y Daniel Remón- las contradicciones de este supuesto "estado del bienestar" del que "disfrutamos".

Si el film se abre con una panorámica aérea de la ciudad de Benidorm (Alicante), con su desbordado skyline compitiendo con el de New York, acaba con otra imagen impactante: la de la desolación de un edificio a medio construir, abandonado así por lustros, como tantos otros igualmente fantasmales que ahora mismo abarrotan nuestro horizonte. En ese bloque de viviendas a medio hacer transcurre buena parte de la acción de esta película que congela la sonrisa del público, que no podrá dejar de reírse de sus diálogos y de tan disparatadas como reales situaciones a las que se enfrentan sus víctimas-protagonistas: porque, desgraciadamente, en algo parecido y habitual nos hemos visto involucrados últimamente.

Pero quizás la imagen más potente de todo el film sea la de ver al antaño ilusionado Alex (mal) viviendo en el piso piloto de la urbanización inacabada: ese decorado-cebo de un futuro feliz que te muestran cuando vas a comprar un piso, pero de cuyos grifos no sale agua y que se parece demasiado cualquier sección de Ikea. Es el espejismo de la felicidad, en el que se refugia este antihéroe moderno, víctima de unos señores feudales en pleno siglo XXI que han pisoteado su dignidad, integridad y honor. Por recuperarlos y volver a sentirse un hombre completo tomará una decisión drástica: lograr el gesto simbólico de arrodillar al poderoso para que pida perdón por todo el drama vital en el que le está ahogando. Es su manera de redimirnos a todos en esta situación tan materialista que vapulea valores como la solidaridad, la honestidad, el civismo y el respeto al prójimo. Porque de todo lo que estamos sufriendo, nadie ha perdido perdón: los que se han equivocado siguen en el poder. Y como Alex, estamos más que indignados.

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