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Blancanieves

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- Pablo Berger orquesta una trasgresora versión del clásico cuento, ambientada en una España oscura y cruel, con espíritu de oda al cine silente blanquinegro.

Blancanieves

"Érase una vez" un cineasta de Bilbao que devoraba películas desde su más tierna infancia. Cuando llegó a la Universidad, hizo amistad con otro chico igual de hambriento de imágenes: Alex de la Iglesia. Compartieron cómics, juergas y montaron el cineclub. Años después Pablo Berger dirigía un corto donde su colega ejercía de director artístico: Mamá arrasó en tantos festivales que Pablo fue becado para estudiar en EEUU. Y allí se convirtió en profesor de cine. Pero, a finales de los noventa, regresó a su país para levantar Torremolinos 73 [+lee también:
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, o su particular visión del erótico español. La película fue tal bombazo de crítica y público, que hasta presume de remake chino.

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Pero aquel cineasta que a los 16 años quedó hechizado por la visión de Freaks, de Tod Browning, tenía una obsesión: rodar una película muda y en blanco y negro, como el ejercicio de fin de curso que exige a sus alumnos de la New York Film Academy (porque, como no se cansa de repetirles: “una imagen vale más que mil palabras”), pero con presupuesto y ambiciones, para llegar al gran público.

Berger tuvo que luchar contra los férreos mecanismos de la producción española y buscar ayuda financiera también en Francia (Noodles Production). Años de sudores después, su película se estrena en cines españoles de la mano de Wanda, e incluso se exhibirá en teatros con orquesta y cantante en vivo: como se disfrutaba el cine antes de la llegada del sonoro. Pablo Berger ha logrado el milagro y hoy Blancanieves [+lee también:
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es una película que puede cosechar un éxito lento, pero sólido y arrollador. No sólo porque visualmente es portentosa y muy expresiva, sino también porque dentro hay mucho -y muy buen- cine: desde guiños al mencionado Browning, hasta momentos granguiñolescos en plan Bette Davis / Joan Crawford, homenajes a Gloria Swanson y Erich Von Stroheim o planos al estilo Murnau, Abel Gance o Dreyer.

El argumento -retorcidamente diferente a las dos recientes versiones americanas del mismo relato de los hermanos Grimm- sitúa a sus personajes en los años veinte de una España oscura donde nace Carmen, hija de un torero (Daniel Giménez Cacho) que sufre una cogida fatídica que le deja paralítico y de una cantante (Inma Cuesta) que muere al dar a luz. Una enfermera (Maribel Verdú, sublime provocando risa y asco al mismo tiempo) que cuida a su padre, logrará casarse con él y hacer la vida imposible a la niña. Pero cuando aquél muere, la ya joven (Macarena García) huirá de los hostiles dominios de su madrastra, refugiándose en la caravana de unos enanos toreros que recorren los pueblos con su show.

Un gran espectáculo, al estilo de aquel lejano Hollywood de enormes decorados y vestuario exuberante -combinado con una iconografía muy ibérica, como la que utiliza a menudo asimismo De la Iglesia-, nos regala Berger con este cuento de cuentos: aquí no sólo se menciona al personaje del título, también hay elementos de La Cenicienta, Oliver Twist y Alicia en el país de las maravillas.

Un delicioso cóctel, pues, de referentes, géneros -del terror gótico a la comedia bufa o el melodrama desatado- y emociones -del llanto a la carcajada, pasando por la pasión desatada- con el que este mago vasco, cinéfilo y cinéfago, consigue hipnotizar al espectador durante casi dos horas de metraje, con un final sorprendente que demuestra, una vez más, una férrea apuesta por el riesgo y por el poder de las imágenes puras, sin palabras, de esta peculiar y estimulante Blancanieves. Y "Colorín, colorado, este cuento se ha acabado".

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