email print share on facebook share on twitter share on google+

La gran belleza

por 

- La obra de Paolo Sorrentino es una exploración de una Roma maravillosa en compañía de un Virgilio cínico y desencantado: Toni Servillo.

La gran belleza

"Buscaba la gran belleza y no la he encontrado", dice el vividor Jep Gambardella (Toni Servillo) en una de sus muchas reflexiones sobre la vida. En esa frase que sirve de título para la nueva película de Paolo Sorrentino, presentada a concurso en Cannes, se encierra toda la filosofía del protagonista. La existencia está hecha de relámpagos de verdad y encanto, quizás durante un paseo nocturno por el esplendor de una ciudad eterna. El resto es la Nada y es agradable dejarse acunar por esta certidumbre.

(El artículo continúa más abajo - Inf. publicitaria)

Este vacío, que representa desde hace años el desmoronamiento a cámara lenta del mundo occidental, lo filma Sorrentino con el estilo que le ha hecho famoso en todo el mundo, con multitud de dinámicos planos secuencia, largos zooms y vertiginosos travellings, en una inagotable y opulenta serie de miradas alteradas y visiones tranquilas: un itinerario de vértigo que el director napolitano propone al espectador a partir de la cita del libro Viaje al fin de la noche de Celine: "Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza". Como el cine. 

Este viaje por una Roma maravillosa se hace en compañía de un Virgilio cínico y desencantado, un periodista que ha sido escritor de un único libro de éxito, cuarenta años antes, titulado L'apparato umano (lit.: El aparato humano), y luego ha renunciado al talento en favor de una vida perezosa de fiestas nocturnas. "Condenado a la sensibilidad", como él mismo afirma, Jep ha querido convertirse en el rey de las fiestas, para tener el “poder de deshacerlas”. Su sarcasmo se ceba con todos: nuevos ricos, aristócratas decadentes, intellectuales, artistas, políticos. Pero cuanto más distante se siente, más se integra en los ritos de esta comunidad de zombis que bebe, baila, esnifa cocaína y habla sin escucharse en las magníficas terrazas de una ciudad impasible. Una cruel antidolce vita

No sabemos si Jep volverá a escribir un libro o si su fracaso no es más que una pieza engrasada del engranaje que mueve estos personajes, desde los desbocados y vulgares hasta otros con una cierta humanidad, como la enigmática y rica bailarina (Sabrina Ferilli) o el escritor romántico y fallido (Carlo Verdone) que, cansado de la vida mundana en Roma, decide irse a vivir al campo; y un clero que no se compone sólo de monjas que caminan detrás de las escenas como sonrientes mariposas, sino también de prelados. Jep tendría incluso alguna que otra pregunta espiritual que hacerles, pero sabe que de ellos no tendrá respuestas.

En La gran belleza [+lee también:
tráiler
entrevista: Paolo Sorrentino
festival scope
ficha del filme
]
, Paolo Sorrentino tiene que verse las caras con La terraza, de Ettore Scola, presentada a concurso en Cannes en 1980 (ganadora del premio al mejor guión) y con La dolce vita, de Federico Fellini, Palma de Oro en 1960. Cincuenta años son demasiados para establecer semejanzas, pero es parecida la capacidad de representar una parte de la sociedad y un estado de ánimo a través de una potente lente de deformación y, al mismo tiempo, de un elocuente realismo.

(Traducción del italiano)

¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete a nuestra newsletter y recibe más artículos como este directamente en tu email.