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El gigante egoísta

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- La segunda obra de la británica Clio Barnard, presentada en la Quincena de los Realizadores del festival de Cannes, cuestiona las fronteras entre la ayuda y el oportunismo.

El gigante egoísta

Tras un primer día marcado por la presencia de la directora neozelandesa Jane Campion, quien recibió el Carroza de Oro, y por la proyección de The Congress [+lee también:
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, del israelí Ari Folman, la Quincena de los Realizadores del 66° Festival de Cannes entró en su segunda jornada con la proyección de El gigante egoísta [+lee también:
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, de la directora británica Clio Barnard.

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Lejos del universo fantástico del cuento de Oscar Wilde (al que pide prestado el título y en el cual se inspira de manera muy libre, por no decir nada obvia), la película se centra en dos adolescentes, Arbor y Swifty, y en la relación de explotación que les une a Kitten, el propietario de una chatarrarería local.

A Arbor y Swifty los expulsaron de la escuela y, en esos días de incertidumbre, ambos empiezan a recoger (y robar) trozos de metal que luego venden a Kitten. En paralelo, la película retrata una costumbre local: las sulkys, es decir, las carreras de pequeños carruajes tirados por caballos que son objeto de apuestas entre los habitantes. Swifty tiene un don para los caballos y Kitten empieza a utilizarlo en las carreras en las que apuesta. A Arbor, cada vez más problemático, le sienta mal esa relación de supuesta complicidad entre su amigo y el que él considera ser su modelo.

Con una atmósfera oscura y una trama social en la que parecen percibirse ecos de Ken Loach, Clio Barnard construye un guión fuertemente centrado en los personajes y en el que se cuestionan las fronteras entre la ayuda y el oportunismo. Kitten, el “gigante egoísta”, surge como un personaje distante, cuya supuesta “oportunidad” que ofrece a los dos chicos esconde en realidad su propio interés económico y su intención de hacerlos partícipes en actividades ilícitas.

Una posible lectura ideológica (¿capitalista?) del personaje de Kitten se queda, sin embargo, en la superficie del asunto, porque aunque en una primera versión del guión era él el protagonista, tras efectuar varios castings en las escuelas de Bradford (Inglaterra), la directora cambió la tónica de la historia y optó por desarrollar, en toda su complejidad, a los personajes adolescentes por encima del resto: sus problemáticas relaciones familiares, la impotencia de las instituciones y las inquietudes sobre cómo salir adelante cuando se tiene trece años y todo parece tan gris y sofocante bajo el cielo que pinta el director de fotografía Mike Eley Bsc. Con esa elección, Barnard abrió las puertas para que los debutantes Conner Chapman (Arbor) y Shaun Thomas (Swifty) acabasen por dominar toda la película con sus vigorosas interpretaciones. Los dos funcionan como elementos opuestos pero complementarios: por un lado, el explosivo Arbor; por otro, el débil y simpático Swifty. La tensión crece hasta que se revela cuál de ellos sucumbirá y cuál tendrá que enfrentarse a la catarsis. Si hay o no redención posible, eso queda a criterio e imaginación del público.

El gigante egoísta esta producida por la Producer the Move de 2012 Tracy O’Riordan (lea la entrevista) y forma parte del line-up de la agencia de ventas Protagonist Films.

(Traducción del francés)

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