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CANNES 2017 Quincena de los Realizadores

I Am Not a Witch: el calvario de una niña africana

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- CANNES 2017: Rungano Nyoni hechiza a la Croisette con su primer largometraje, un cuento trágico satírico con una magnífica puesta en escena en el que lo absurdo se impone sobre la lágrima fácil

I Am Not a Witch: el calvario de una niña africana
Maggie Mulubwa en I Am Not a Witch

Rungano Nyoni, zambiana de nacimiento criada en Gales, recibió una acogida triunfal por parte del público de la Quincena de los Realizadores del 70º festival de Cannes, por varias razones: ante todo, porque su primer largometraje, I Am Not a Witch [+lee también:
tráiler
entrevista: Rungano Nyoni
ficha del filme
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, se apoya en un guion impecable y unas imágenes magníficamente compuestas, coloridas y poéticas con las que bien se podría hacer una exposición de fotografía; en segundo lugar, porque adopta el tono característico de un cuento absurdo, con un humor casi travieso que, sorprendentemente, no cae en ningún instante en la indecencia, y, por último, porque Nyoni logra relatar una tragedia desgarradora sin recurrir a la lágrima fácil.

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Su talento como guionista y como directora se manifiesta aquí, en efecto, en todo su esplendor, si bien no había pasado desapercibido tampoco antes de que se lanzara al formato del largometraje: sus cortos le valieron numerosos premios y prestigiosas nominaciones, así como el apoyo, para realizar I Am Not a Witch, de la Cinéfondation y de numerosos fondos europeos. La historia de la película o, más bien, la premisa a partir de la cual deshila su maravilloso relato, la encontró en su país de origen, donde todavía existen (y están lejos de desaparecer favorecidas por viejas creencias tan aterradoras como abracadabrantes y longevas) los campos de brujas. Sin quitar un ápice del horror que rodea este fenómeno, Nyoni ha decidido recurrir en su película de ficción a lo absurdo y apoyarse especialmente en juegos de resonancia (visual, sonora, simbólica y referencial) que hacen que emerjan de manera impactante los descorazonadores arcaísmos de la Zambia actual.

La heroína cuyo destino trágico se nos cuenta, Shula, es una cría de nueve años de edad capturada como bruja e “internada” en un campo de muros de fina cinta blanca que vuelan al viento y que se atan mediante un yugo a la espalda de las mujeres (generalmente adultas) incriminadas de ser brujas con certeza, lo que viene a ser de una manera absolutamente caprichosa que se deriva de supersticiones profundamente ancladas en la cultura local como para que las permeen el sentido común, la humanidad o la razón. Esta contradicción la simbolizan maravillosamente bien esas bandas de tejido tan ligeras como aplastantes, puesto que toda bruja que decide deshacerse de ellas se expone a ser maldita y ser convertida en cabra. Shula, en cuyo rostro a menudo no vemos expresión alguna, como si fuera una estatua, refleja esta total impotencia (acentuada por breves momentos en los que, por una palabra o una expresión, deja escapar toda la inocencia de su tierna edad) y lleva sobre sus pequeños hombros el peso de todo un mundo. Desde el instante en que su "culpabilidad" de bruja es probada a las autoridades (en una escena que vale de prueba completamente alocada del asunto, un tipo cuenta a una policía cómo ha visto a otras de la especie de Shula arrancar un brazo), esta jovencísima mártir es explotada sin compasión alguna ni otra intención subyacente, con una inhumanidad tan aberrante que ella se muestra sonriente y totalmente convencida de su legitimidad. Sirva de ejemplo el personaje trajeado que se las da de emprendedor al llevarla a un plató de televisión para presumir de los milagros que se espera de ellas, momento en el que se escucha como al azar y de paso una cierta pregunta: ¿y si no se trata más que de una niña?

Entre los múltiples desfases socarrones que exaltan el carácter totalmente alucinante de semejante circo (cabe pensar aquí también en la escena en que una turista británica se enternece frente a la pequeña prisionera como si estuviera en un zoo), destaca la suculencia del de la banda sonora, que alterna entre furiosos arrebatos vivaldianos, el jazz más abstracto y la canción “Old Mac Donald Had a Farm". En este sentido, señalamos que es con uno de los temas que no faltan en las noches de fiesta de hoy en día ("American Boy", de Estelle) con el que vivimos, pudorosamente, el momento más desgarrador de la película. Brío, desde luego, no le falta.

I Am Not a Witch es una coproducción entre la británica Soda Pictures, la francesa Clandestine Films y la alemana unafilm. Su agente de ventas internacionales es Kinology.

(Traducción del francés)

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