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VENECIA 2017 Competición

Foxtrot: bailes y entierros circulares

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- VENECIA 2017: La nueva película de Samuel Maoz cuenta tres historias sobre jóvenes reclutas israelíes, el Holocausto y la difícil relación del país con sus vecinos

Foxtrot: bailes y entierros circulares

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cuenta tres historias sobre jóvenes reclutas israelíes, el Holocausto y la difícil relación del país con sus vecinos. Cada sección tiene su propio estilo. La primera tiene lugar en un lujoso apartamento, donde la atmósfera está llena de náusea y dolor después de que unos padres reciban la trágica noticia de que su hijo murió en pleno ejercicio de su deber militar. La segunda tiene más toques estrafalarios y humorísticos y transcurre en un control de carretera perdido en algún lugar del desierto, donde cuatro reclutas son testigo del paso de camellos y de algunos árabes en coche. El tono de la tercera es agridulce y nos devuelve a los padres, aún dolientes por un pasado al que le siguen dando vueltas alrededor de una tarta nocturna.

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Hay que tener la mente torcida para meter la sombría tragedia de Tres colores: Azul entre rebanadas de un tono absurdo al estilo de las comedias de Aki Kaurismäki pero Maoz hace todo lo que puede por mostrar que siempre hay momentos para la risa incluso cuando una oscurísima nube se cierne sobre sus personajes.

Lior Ashkenazi y Sarah Adler encarnan a los padres. Michael y Dafna reciben la noticia de que su hijo ha “caído” durante su servicio en el ejército israelí. No hay cuerpo y la falta de información sobre su muerte los frustran. La perplejidad aumenta gracias al trabajo de fotografía de Giora Bejach, que hace que todo el piso parezca una prisión. Sus zooms de cámara al arte abstracto y los primeros planos a los personajes hacen que el encuadre se asemeje a una camisa de fuerza.

El diálogo tiene mucha crítica implícita al estado de Israel, sobre todo cuando se explican los procedimientos de un funeral militar: se diría que al gobierno le preocupa más su propia imagen que el bienestar emocional de sus progenitores. La conversación es tragicómica e insensible, más que patriótica.

En cuanto a los cuatro jóvenes en el checkpoint, Maoz hace uso de un humor estrafalario para mostrar lo inestable que son sus vidas. Aunque se aburre, temen que sus vidas salten por los aires en cualquier momento. Los chicos se divierten jugando a un juego: hacer rodar una lata por el suelo inclinado del contenedor en el que duermen. Hay momentos de un surrealismo brillante; por ejemplo, un fantástico baile a solas en una demostración de que el foxtrot subraya el círculo de la vida. El estilo visual, hiperrealista, refuerza el hecho de que estamos ante una realidad que no podemos considerar normal. Los chicos cuentan historias de sus padres y sus abuelos y, tras esto, como si fuera el principio de la historia, está el Holocausto. Es un trauma colectivo del que no hay manera de escapar y que gobierna las vidas de todos los que vemos en pantalla, el punto en el que todo el mundo empieza y, posiblemente, todo el mundo acaba.

Maoz firma una película con muchos momentos de brillantez desgarradora pero también lleva su argumento en tantas direcciones que acaba escapando a su control. Los cambios de tono son valientes pero no siempre satisfactorios, sobre todo con la secuencia de animación que rememora el Holocausto, con un aspecto visual vulgar y de trazo grueso. A pesar de ser una de las películas más ambiciosas y cautivadoras del año, Foxtrot resulta en ocasiones enervante porque Maoz intenta tirar de la alfombra bajo los pies del público demasiado a menudo cuando, en otros momentos, la película se regala un viaje como su fuera un bailarín con una sobredependencia en lo azaroso.

The Match Factory gestiona las ventas de esta coproducción entre Israel (Spiro Films), Suiza (Bord Cadre), Alemania (Pola Pandora Filmproduktions) y Francia (ASAP Films y KNM).

(Traducción del inglés)

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