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BERLÍN 2018 Competición

Crítica: Eva

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- BERLÍN 2018: Benoît Jacquot se aventura con una película venenosa, opaca y extraña fundamentada en un juego de espejos entre Gaspard Ulliel e Isabelle Huppert

Crítica: Eva
Isabelle Huppert y Gaspard Ulliel en Eva

Impostura, mentiras, cálculo, egoísmo... Al decidir llevar al cine la novela homónima de James Hadley Chase y seguir los pasos de Joseph Losey, que emprendió la misma tarea en 1962, el veterano cineasta francés Benoît Jacquot sabía perfectamente que iba a meterse en un universo de fatalidad en el que la empatía por los personajes pende de un hilo finísimo. De hecho, Eva [+lee también:
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, presentada a concurso en el 68º Festival de Berlín, no trata especialmente de seducir al espectador (más allá de su impresionante factura visual crepuscular) sino más bien de instalar una atmósfera pegajosa de incertidumbre, malestar, trampas, pesadilla, impulsos inconscientes y vacilaciones. La película cumple con estas intenciones casi demasiado perfectamente, hasta el punto de que la extravagancia del conjunto acaba volviéndose en su contra, a imagen y semejanza de la sombra del creador robada por Bertrand (el protagonista film), que pesa demasiado a hombros del hombre hasta amenazar con aplastarlo.

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Todo empieza con el hurto de una obra de teatro a cargo de Bertrand (Gaspard Ulliel) en una hermosa secuencia de apertura, en la que el gigolo y auxiliar de enfermería deja a una vieja gloria de la literatura en plena crisis cardíaca en la bañera. Al cabo de una elipsis, lo vemos convertido en un exitoso escritor parisino y viviendo un amor idílico con una joven (Julia Roy) de unos cabellos rubios que resplandecen inocencia. Pero el malhechor deberá enfrentarse a un serio problema del que dependerá su estatus usurpado, su comodidad financiera y sentimental y, en suma, su porvenir: ahora debe producir un nuevo texto literario, tarea para la que se muestra, evidentemente, totalmente incapaz. Con el pretexto de encontrar la inspiración, esquiva la urgencia en un chalet de Saboya, donde una tormenta de nieve obliga a dos desconocidos a refugiarse en su hogar. Entre ellos, hay una mujer llamada Eva (Isabelle Huppert). En la bañera (compárese con el principio de la película),esta lo golpea cuando él se le acerca demasiado ("¿te molesta cambiar de cliente?"): un primer contacto eléctrico al que seguirá un segundo encuentro por casualidad (alrededor de la ruleta del casino de Annecy, ciudad donde la obra de Bertrand se interpreta). Se establece una relación entre ambos bajo precio, puesto que Eva es una prostituta (¿independiente?) de alto standing: una relación que resultará cada vez más vital para Bertrand, puesto que encuentra espontánea y fácilmente un tema para su nueva obra alimentándose de la confusa atracción que sobre él ejerce esta mujer ultrarrealista que parece tener mucho en común con él…

Bajo la fría elegancia de sinuosos repliegues de su intriga (el guion es obra del propio director junto con Gilles Taurand) y la hermosa fotografía de Julien Hirsch, Benoît Jacquot se pierde, sin embargo, en el abismo que poco a poco abre entre los códigos clásicos del cine negro y las arenas movedizas de los espejos psicoanalíticos. Aunque no desmerecen, los dos actores principales no parecen del todo a sus anchas en las pieles fluctuantes y opacas de sus personajes y los contados giros de guion precipitan con sequedad hasta la conclusión del film, acentuando la relativa perplejidad suscitada por la extrañeza de la obra. Semejante oscuridad no aporta nada a la gran calidad formal de Eva, a pesar de que tal era la evidente intención de un realizador que acaba cayendo en su propia trampa al explorar los misterios de la identidad.

Eva es una producción de Macassar en coproducción con Arte France Cinéma, NJJ Entertainment, Scope Pictures y su agente de ventas internacionales, EuropaCorp.

(Traducción del francés)

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