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BERLÍN 2018 Panorama

Crítica: Jibril

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- BERLÍN 2018: El primer largometraje de Henrika Kull es la historia de un romance que tiene se desarrolla mientras uno de los personajes está en prisión

Crítica: Jibril
Susana Abdulmajid en Jibril

A la Berlinale le gustan las historias sobre inmigrantes en Alemania. También le gusta -y es admirable- promocionar las obras más sobresalientes de las escuelas de cine alemanas. Jibril [+lee también:
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, que fue realizada en la Universidad de Cine de Babelsberg Konrad Wolf por la directora y guionista novel Henrika Kull y que se proyecta en Panorama, cumple ambos requisitos con la historia de dos libaneses que se enamoran mientras uno de ellos está en prisión. Sin embargo, aunque no los cumpliera, su lugar dentro del programa del festival internacional sería bien merecido.

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La primera vez que vemos a Maryam (Susana Abdulmajid) y a Jibril (Malik Adan) es en el prólogo de la película, que transcurre durante la boda de Sadah, la prima de ella, y Murti, el amigo de él. Las miradas se cruzan por encima de las mesas y a través de la música estridente. A continuación, un título descriptivo nos informa de que es primavera, y vemos que Maryam vive con su madre y sus tres hijas. Poco a poco descubrimos que son inmigrantes libanesas en Berlín, y que Maryam, divorciada, da clases de alemán a otros inmigrantes en una institución de educación para adultos.

Cuando Sadah y Murti tienen que viajar a Beirut, Maryam es la encargada de llevar un paquete a Jibril, que se encuentra en prisión por un delito sin especificar. Ya en esta primera visita, es innegable que en el ambiente se respira algo entre los dos, (in)conscientemente alentado por Maryam cuando decide sacar para él dos chocolatinas de la máquina expendedora.

Maryam continúa visitando a Jibril durante todo el año, y la película está dividida en capítulos que reciben el nombre de las estaciones. Entre ellos surge una auténtica historia de amor, que recibe un impulso cuando Jibril logra introducir un teléfono inteligente de forma clandestina. Sin embargo, esto también le causará problemas, cuyas consecuencias podrían conducir al fin de ambos… O a cualquier resultado que el espectador decida interpretar a partir del final abierto.

No es que Kull nos cuente nada de manera directa: la cineasta construye esta relación a través de un tipo de observación que tendría la esencia de un documental de no ser por algunas elegantes aportaciones técnicas (el trabajo de Carolina Steinbrecher como directora de fotografía es particularmente encomiable), y deja las conclusiones en manos del espectador. Entre sus encuentros en la sala de visitas de la prisión, con la no muy vigilada mesa de por medio, los vemos llevando sus vidas por separado, y aquí es donde Kull elige (acertadamente) mostrar lo que impulsa el desarrollo de sus sentimientos. El aspecto principal acaba siendo lo mucho que una relación depende de la proyección, sobre todo en circunstancias que limitan todavía más la forma en que uno ve a la otra persona.

Mientras que Kull compone la película con una estructura y una disciplina que podrían parecer un poco demasiado cuidadosas y convencionales, Abdulmajid y Adan, ambos primerizos en la gran pantalla, dan vida a sus personajes y a su romance con pasión y sutileza. También son un placer para la vista, y las perspectivas profesionales para ambos deberían ser brillantes.

Esto no significa que la directora y guionista sea menos prometedora. Una vez Kull se sienta lo suficientemente libre como para explorar paisajes cinematográficos más arriesgados -que podría empezar con la aceptación de esta película-, podremos tener la esperanza de tener otra nueva fuerte presencia femenina en el cine europeo.

Producida en la Universidad de Cine de Babelsberg Konrad Wolf en Potsdam, la berlinesa Pluto Film gestiona la película internacionalmente.

(Traducción del inglés por Marta Quirós)

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