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CANNES 2018 Competición

Crítica: Ash Is Purest White

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- CANNES 2018: Jia Zhang-ke se embarca en una historia de amor contrariado de largo recorrido en una película con muchos momentos espléndidos pero que pierde un poco su energía por el camino

Crítica: Ash Is Purest White
Zhao Tao en Ash Is Purest White

Evitemos los malentendidos de partida: el chino Jia Zhang-ke es un inmenso cineasta que desprende joyas con cada obra que hace y su nuevo trabajo, Ash Is Purest White [+lee también:
tráiler
ficha del filme
]
, presentado a concurso en el 71º Festival de Cannes, no es una excepción en este sentido. Esta coproducción franco-china en la que han participado MK2, Arte France Cinéma y otros organismos de ayudas como el CNC (a través de su programa de ayudas a los cines del mundo) hace gala de una ambición a la altura del talento tras la cámara del director. Su intriga, repartida en tres tiempos, abarca unos diecisiete años y nos lleva a Shanxi, cuya presa de las tres gargantas ya inmortalizó en Naturaleza muerta, para capturar la evolución de China como trasfondo de una historia de amor nacida en el seno de la mafia y obstaculizada por las circunstancias y los acontecimientos.

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El enorme programa aparece puesto en escena majestuosamente y brinda a Zhao Tao un papel magnífico para el que el cineasta inyecta pequeñas dosis de comedia, danza (al compás de YMCA, de Village People), una pelea sanguinolenta, detonaciones, el ascenso de un río en barco, travesías por el país en tren, estafas y hasta una canción interpretada varias veces en vivo en la película que reproduce el eco de su asunto principal: el amor y el tiempo. Pues, como la flor que respira la protagonista, los juramentos de lealtad y de rectitud no duran toda una vida, por mucho que [como reza en cierto modo el título] las cenizas del volcán sean lo más puro que existe.

Todo comienza en Datong en 2001. Qiao (Zhao Tao) es la compañera de Bin (Liao Fan), el cabecilla local que reina en una hermandad criminal que se enriquece protegiendo a los promotores inmobiliarios de una región minera en plena mutación. Esta mujer de fuerte carácter casi siempre está presente pero no se percibe como perteneciente a la mafia. Con todo y con eso, será ella quien acabará en prisión por posesión ilegal de armas de fuego después de salvar a Bin de un ataque de unos jóvenes. Al cabo de cinco años entre rejas sin recibir noticias directas de su amante, sale en su busca al otro extremo del país, para lo cual emprende un trayecto lleno de peripecias durante el que da muestras de un descaro sorprendente para usurpar identidades y satisfacer sus necesidades. En realidad, Qiao lo ha perdido todo. Acaba descubriendo, en efecto, que Bin ha rehecho su vida, cosa que la mujer le obligará a explicar (puesto que trata de esconderse) en un soberbio cara a cara. La historia, sin embargo, no termina ahí: once años más tarde, es Bin quien llegará hasta ella y le pedirá ayuda en la casilla de salida: Datong.

Ash Is Purest White es fluida, inteligente, divertida y perfecta en sus dos primeros tercios pero pierde imperceptible y progresivamente su intensidad y su frescura en el último, casi en la medida en que sus protagonistas van agotando o cristalizando sus reservas de amor. El final resuena un poco como una condena moral de la mafia a la vieja usanza, quizá una obligación para el cineasta a la hora de pasar el filtro ideológico de clasificación de películas que impera en su país. Con todo, los fans del maestro chino tendrán una vez más con qué extasiarse en una película de enorme riqueza cinematográfica, gracias también a la fotografía de Eric Gautier.

Ash Is Purest White tiene a mk2 Films como agencia de ventas internacionales.

(Traducción del francés)

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