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LA VALETA 2018

Crítica: Welcome to Sodom

por 

- Los austriacos Florian Weigensamer y Christian Krönes documentan con fuerza visual la vida en el mayor vertedero electrónico del mundo, situado en Ghana, a través de las voces de sus habitantes

Crítica: Welcome to Sodom

Un camaleón camina lentamente, con la cámara pegada a sus escamas, mientras una voz declama que, como enviado de Dios a la Tierra, no puede sino enojarse con los seres humanos: ¿cómo han podido convertirla en un infierno? Lo que ve este camaleón (inspirado de las leyendas zulús) es la mayor concentración de chatarra electrónica del mundo, el vertedero de Agbogbloshie, no muy lejos del centro de la capital de Ghana, Accra. Uno de los lugares más tóxicos de la tierra, en donde nada menos que unas 6.000 personas trabajan e incluso viven, que se origina directamente en Occidente: los países evolucionados se deshacen de sus aparatos electrónicos enviándolos fuera de sus fronteras para acabar acumulados en este punto del mundo.

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Puede haber sido la sensación de culpabilidad occidental, o simplemente la necesidad de denuncia, la que ha llevado a los austriacos Florian Weigensamer y Christian Krönes a rodar Welcome to Sodom [+lee también:
tráiler
ficha del filme
]
, un documental que, tras estrenarse en la competición principal del CPH:DOX, pasa ahora por la Competición de Documentales del 4° Festival de La Valeta.

Quizá por ello, para evitar una delimitación muy clara, Weigensamer y Krönes se colocan en todo momento a una distancia prudente y respetuosa de lo que muestran sus cámaras, para dejar que sean los propios habitantes y trabajadores de Agbogbloshie los que nos guíen por este particular enclave. Partiendo de un hombre que compara con modales de predicador el vertedero con las bíblicas Sodoma y Gomorra, conocemos (sin verlos nunca hablar directamente a la cámara) a un hombre de negocios de la chatarra, a una mujer viuda y resignada y a un rapero que viven en él. Es, de hecho, uno de los temas que lo oímos cantar el que da título a la película.

Sin embargo, son dos historias las que más afectan emocionalmente al espectador, ambas relacionadas con la identidad de género y sexual en un continente violentamente dominado por la heteronormatividad: la de un niño nacido en un cuerpo de niña que esconde su físico para recoger restos y hacer negocios con ellos (algo limitado exclusivamente a los varones), y un joven al que la sociedad ha marginado por ser judío y gay, que no ve más opción que vivir en el vertedero tras haber cumplido su condena de cárcel.

El acercamiento de los directores a estas realidades se caracteriza por su fuerza visual que, aunque a veces convierta la narración en morosa y algo interrumpida, es capaz de extraer la intensidad del lugar y de sus gentes, vitales a pesar de él. Destacan los joviales momentos musicales y los numerosos planos de la quema de desechos para recuperar el cobre que se acaba vendiendo, que viene a reforzar sus referencias al “infierno” que es el lugar. Sin embargo, es precisamente este hecho lo que hace que se mantenga la razón de ese “infierno”: en palabras del hombre de negocios, “en Europa, cuando las cosas se rompen, se tiran; pero nosotros podemos sacar dinero de ellas; cuantos más residuos lleguen, mejor irá mi negocio”.

El documental, producido por la austriaca Blackbox, está vendida al extranjero por la canadiense Syndicado.

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