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La tourneuse de pages

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- Un thiller refinado en el mundo amortiguado de la música clásica. Una venganza meticulosa y el frente a frente de dos actrices excepcionales filmadas por un realizador fuera de lo común

La tourneuse de pages

Fenómeno del Mercado de Cine del Festival de Cannes 2006 después de una proyección pública ovacionada en Una Cierta Mirada, La tourneuse de pages [+lee también:
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, el 4° largometraje del francés Denis Dercourt marca la aparición en la escena internacional de un realizador sutil y profundamente original. Saliendo por primera vez de un sistema de producción casi artesanal e intentando el cine de suspenso, el cineasta que sigue ejerciendo en paralelo su profesión de profesor de alto y música de cámara en el Conservatorio, pone de manifiesto todo el alcance de su potencial. Ya que La tourneuse de pages ofrece múltiples facetas bajo la aparente simplicidad de su intriga: la historia de una venganza. Sobre este tema clásico del 7° arte, Denis Dercourt compuso un guión de un rigor milimetrado en un ambiente que conoce perfectamente, el de los músicos.

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Primer tiempo: una niña de unos diez años, hija de carniceros y apasionada de piano, abandona su instrumento después de haber fracasado en su examen de entrada al Conservatorio por culpa de un miembro del jurado inconsecuente, una concertista celebre (Catherine Frot). Segundo tiempo: diez años más tarde, la niña convertida en una joven (Déborah François) se infiltra de incógnito como baby-sitter en la familia de la artista, esposa de un abogado (Pascal Greggory) y que vive en una distinguida solariega. Tercer tiempo: la concertista que atraviesa una fase de duda entrega toda su confianza a la recién llegada y la elige como "volteadora de páginas" (de partición) para los espectáculos futuros determinantes para su carrera, una extraña atracción se instala entre las dos mujeres.

Sobre esta trama rectilínea, el cineasta consigue en primer lugar sembrar muy eficazmente la ambigüedad sobre las motivaciones de la joven, al punto que es imposible conjeturar hasta donde está dispuesta a ir para vengarse y si improvisa a medida de las coincidencias o si manipula a sabiendas a quienes le están alrededor. Jugando a maravilla en esta zona de sombra que mantiene la inquietud del espectador, Denis Dercourt que no oculta su admiración por Les yeux sans visage de Georges Franju (1959) revela un verdadero don para la gestión del suspenso. Haciendo alternar picos de intensidad (escena de la piscina, estallido de violencia con el contrabajista...) y pasajes casi contemplativos, se apropia con fineza de las normas del thriller expresando al mismo tiempo su propia personalidad de cineasta gracias a una cámara que navega con una elegante fluidez y decorados discretamente sugestivos. Sobre todo, saca el mejor partido del gran talento de dos actrices como la experimentada y carismática Catherine Frot y la muy prometedora Déborah François. Transformada con respecto a su personaje de L’enfant [+lee también:
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entrevista: Luc & Jean-Pierre Dardenne
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de los hermanos Dardenne, la joven actriz belga abre fríamente con su interpretación enigmática y sensual de La tourneuse de pages un capítulo de su corta cinematografía a la manera de Hitchcock, corriendo el riesgo de dar ideas a numerosos cineastas. Concentrándose en la alquimia del calor y frío emocional manifestado por las dos mujeres, Denis Dercourt envuelve a sus dos personajes en el mismo marco, jugando con destreza sobre sus puntos de vista gracias a un montaje firmado François Gedigier (varias veces cómplice de Chéreau, Desplechin, Berri, y también de Lars von Trier para Dancer in the Dark). Y este enfrentamiento al femenino bañado en un clima de amenaza difusa no se complica con diálogos superfluos, destacando el universo musical gracias a una exploración muy realista, casi documental pero espléndidamente revelada en su dimensión de ficción cinematográfica, del cotidiano de los artistas (repeticiones, audiciones, conciertos). Un conjunto que hace de La tourneuse de pages un trabajo de orfebre donde la ferocidad psicológica avanza encubierta bajo el barniz de las emociones contenidas.

(Traducción del francés)

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