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Crítica: Los Ojos Claros

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Entrad en el baile...

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- Una película hecha de sensaciones, de luces, de colores, de sonidos de hierba y de viento, capturada una presencia

Crítica: Los Ojos Claros

En las primeras imágenes de la película, el cuerpo partido en dos, Fanny no entra del todo en el cuadraje. Cuando la cámara la coge en su integridad, está de espaldas, en el camino en él que avanza con paso enérgico y obstinado. Sólo se le verá la cara cuando ella lo permita, cuando se mire en un espejo. La cámara procede lentamente, la acompaña y la espera. Plano contra plano, se persigue su mirada. Cada plano se deposita alrededor de ese cuerpo rebelde, crispado en contacto con los demás, relajado en la hierba de los campos. Fanny es ante todo un cuerpo en lucha contra esas voces que oye, contra faces de palabras que la encuadran y la prenden: en el mejor de los casos diferente, en el peor anormal. En fin, un cuerpo que resiste.

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Nathalie Boutefeu tiene aires de Chaplin o de Buster keaton cuando traga una tarta robada en el plato de su vecina o transporta una quincena de sillas en su espalda. Es una de esos torpes que se dan de frente con la realidad y la hacen reventar. Pero con sus puros, sus pasos de agrimensor y sus largos paseos solitarios, se muestra un poco vaquera, justiciera brusca y asolada; le resbala el saber estar e ignora las órdenes, y sobre todo las de un hermano amablemente cobarde con él que vive, en una casa donde se la protege, se la tolera, se la soporta. O las de una cuñada un poco madrastra que se juega su propio vodevil, flirteando con cualquiera desde sus tacones altos. Entonces Fanny desenfunda sus armas, la traición merece golpes y entre ambas mujeres, el duelo empieza. Más tarde, bajo la amenaza de un nuevo encierro, abandona y huye.

Hecha de elipsis y de silencio, de detalles y de, Los Ojos Claros muestra intercambios a puetra cerrada, en dos movimientos. La película se escapa de la célula familiar para avanzar en rutas escarpadas que conducen a la frontera del mundo. Los planos se hacen más largos, el silencio un poco más espeso, los travelínes más lángidos. Poco a poco, los paisajes reemplazan las idas y vueltas dentro y fuera de la casa, abriendo el espacio y liberando el horizonte. En búsqueda de un muerto, Fanny atraviesa la frontera y llega a un bosque habitado por otro solitario, silencioso y atento, con él que se cruza al lado de un neumático desinflado. Oskar, tan impasible como ella es agitada, no habla su idioma. Pero la escucha, o más bien la mira, en una escena hilarante de gimnástica endiablada, en la que Fanny gira literalmente alrededor del hombre al que no sabe hablar. Entonces, en plano contra plano: las miradas de Oskar sobre Fanny, que se muestra y, por fin, es vista.

Los Ojos Claros, al compás de la música de Schumann, que Fanny escucha, jugándola con sus manos enérgicas o acompañada por ella en su escapada, está hecha de sensaciones, de luces, de colores, de sonidos de hierba y de viento. Tallado en el cuerpo mismo de una actriz, la película captura una presencia y su movimiento. Juega la partición de un cuerpo herido, que se escapa y se libera para entrar en el baile, el baile del otro y del deseo..

(Traducción del francés)

galería de fotos

título internacional: Pale Eyes
título original: Les yeux clairs
país: Francia
año: 2004
dirección: Jérôme Bonnell
guión: Jérôme Bonnell
reparto: Nathalie Boutefeu, Lars Rudolph, Marc Citti, Judith Rémy

premios/selecciones principales

Berlinale 2005 Forum (selección)
cinando

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