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Crítica: Chéri

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Stephen Frears vuelve por la puerta grande

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- El realizador británico convierte la amarga crónica del paso del tiempo y de un amor imposible que va más allá de las relaciones de pareja en una brillante pieza coral

Crítica: Chéri

Veinte años después de Las amistades peligrosas, Stephen Frears vuelve a trabajar con el guionista Christopher Hampton (Expiación [+lee también:
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) y la estrella estadounidense Michelle Pfeiffer en una dramática (por no decir trágica) historia de amor, rodada, como es habitual en el director, con el brío de una comedia ligera.

Frears, un narrador dotado de un gran clase, tiene un su haber títulos muy distintos entre sí por presupuesto y por temática, aunque unidos por la coherencia del estilo y la habilidad de narrar con aparente simplicidad historias de gran profundidad emotiva. Baste recordar el amor homosexual de Mi hermosa lavandería (rodada en 16mm para la televisión en 1985), la hollywoodiana Mary Reilly (1996) o el reciente éxito de la “casi” biografía monárquica The Queen (La Reina) [+lee también:
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(2006).

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, basada en el libro homónimo escrito en 1920 por la escritora francesa Colette, está ambientada en la París de inicios del siglo XX, en plena Belle Epoque. Léa de Lonval, una madura y refinada cortesana, acepta el encargo de educar sentimentalmente a un indolente y mimado joven de 19 años llamado Fred, aunque más conocido como Chéri (encarnado por el británico Rupert Friend), hijo de su amiga y rival Madame Peloux (una excelente Katy Bates).

La relación entre Léa y Fred dura seis años, hasta que la madre del joven organiza su boda con una joven y rica heredera.

Herida en su orgullo y sus sentimientos y abrumada por el dolor de la inesperada pérdida, Léa planea una fuga con la cual conduce a su joven ex-amante, acostumbrado al cariño materno hacia ella que nunca sintió hacia su propria madre, a la frustración y al autodestrucción.

El regreso de Léa a París tras varios meses de sufrimiento rescata Chéri de las garras del dolor, pero no desembocará necesariamente en un final feliz.

Rodada en los estudios MMC Coloneum de Alemania, así como en localizaciones de París y Biarritz, parte del encanto de Chéri se debe al vestuario y ambientación de época, que se han inspirado, como ha reconocido el director de fotografía Darius Khondji, en las obras de Max Ophuls, Jean Renoir y el estilo pictórico de El conformista, de Bertolucci.

La cámara se mueve con total libertad por la elegante casa de Léa, decorada con objetos art-nouveau y de luminosos tonos pastel, mientras que las escenas que tienen lugar en la vulgar residencia de Madame Peloux son estáticas y oprimentes, con colores fuertes e impresionistas.

Gracias a su finura psicológica, Frears convierte en realidad el pequeño milagro que supone llevar a la gran pantalla la delicada escritura de Colette, transformando el amargo relato del paso del tiempo y de un amor imposible que va más allá de las arrugas y la superficial manifestación de las relaciones de poder dentro de una pareja en una brillante pieza coral.

La desoladora situación emocional se salva gracias a Frears, que evita que la película se deslice hacia el melodrama y amortigua la tragedia con deliciosos diálogos, enfatizados por la dinámica voz en off y las estupendas interpretaciones de sus actrices, que sirven de contrapunto irónico a la miseria de la vida real.

(Traducción del italiano)

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