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Crítica: Gordos

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Metáfora hipercalórica sobre las contradicciones humanas

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- Gordos es una comedia dramática que, a través de varios personajes que intentan adelgazar, muestra esas miserias que nos hacen, a menudo, sufrir de sobrepeso emocional

Crítica: Gordos

La primera secuencia de Gordos lo deja claro: todos –actores y público- nos vamos a desnudar, vamos a airear nuestras miserias, errores, manías, contradicciones y egoísmos; dejaremos al descubierto insatisfacción, prejuicios, culpa, fobias y traiciones. Como un libro de autoayuda, ilustrado con cinco ejemplos o tramas, Daniel Sánchez Arévalo ha escrito y dirigido una película que no sólo exige al respetable destreza mental, esfuerzo y atención, sino también tener estómago para digerir lo que va a degustar durante dos horas: un banquete que puede remover más que las tripas.

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Un presentador de tele-tienda en la televisión, gay promiscuo, impulsivo y miserable (interpretado por un Antonio de la Torre camaleónico y amanerado) que casi mata a su socio y, aplastado por la culpa, empieza a convivir con la mujer de aquél; una ejecutiva que durante la larga ausencia de su pareja engorda demasiado como para sentirse cómoda cuando su hombre regrese; una adolescente rellenita, hija de padres obesos, y con un hermano gemelo sin un gramo de grasa, que sufre acoso en el colegio y en casa; una pareja de jóvenes religiosos –gorda ella, flaco él- que no ha probado el sexo a pesar de su larga relación; y un terapeuta (Roberto Enríquez) que ayuda a la gente gorda a aceptarse y a mejorar su autoestima, pero no asume que su propia chica (Verónica Sánchez) sufra de sobrepeso por un embarazo tan deseado como complicado. Todos ellos forman el crisol que emplea Sánchez Arévalo para, como en su premiada ópera prima – Azuloscurocasinegro [+lee también:
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- y en sus cortometrajes, meter el dedo en la llaga de la complejidad de las relaciones humanas.

Pero para que tantos ingredientes quepan en el puchero, hay que pelar las capas superficiales, con el riesgo de dejar con hambre de detalles algunas de las tramas. El guionista Sánchez Arévalo lo sabe y no usa (ni abusa de) el subrayado, ni hace énfasis en aspectos mostrados, pero a veces los cambios –drásticos- de algunos personajes necesitan más aliño para que el manjar resulte sabroso y el comensal –o espectador- se pueda relamer de gusto. Con todo, la valentía del proyecto, su pulso narrativo y el intento de elaborar un cine con fundamento, sabor y muchas calorías –cinematográficas- le hacen merecedor de una estrella en una hipotética guía gastronómico-cinematográfica.

Para la elaboración de su receta, el chef Sánchez Arévalo ha deconstruido una producción convencional para ponernos en bandeja un menú de sabor agridulce y para paladares exigentes, ésos que reconocen las proezas creativas y no se limitan a ingerir comida rápida o pastelería industrial (cinematográficas). Tanto esfuerzo, tiempo de cocción y de maduración de materias primas (cuatro actores tuvieron que engordar “por exigencias del guión”) para decirnos que todos, aunque estemos delgados, llevamos un gordo dentro: sufrimos sobrepeso de complejos, culpas, contradicciones y miedos.

Gordos habla de obesidad emocional: es una metáfora sobre esas cosas que nos tragamos, somos incapaces de expresar o asumir y nos hacen la vida muy pesada. También, cómo no, expone que estamos agobiados por la apariencia, por cómo nos perciben los demás: ese personaje que nos creamos para salir a la calle, para protegernos, nos aleja de nosotros mismos y podemos acabar viviendo una farsa. Porque lo importante, viene a concluir el film, es que seamos libres, desterremos etiquetas y estemos a gusto con nosotros mismos, sin importar si por fuera parecemos gordos o flacos.

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