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Crítica: Borgman

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Progresiva toma de control total

por 

- Alex van Varmerdam presenta una película kafkiana llena de humor negro sobre un equipo de exterminadores de la vida burguesa.

Crítica: Borgman

Los demiurgos acudieron hoy en la competición del 66° festival de Cannes de la mano del neerlandés Alex van Varmerdam, que presentó Borgman [+lee también:
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, una película alucinante y controladísima, a la imagen de su protagonista, un falso vagabundo, ángel o demonio mágico que hace borrón y cuenta nueva con la vida moderna de una familia burguesa. El largometraje, apoyado en lo kafkiano y en el humor más macabro, avanza firme bajo la sucesión de peripecias casi truculentas ejecutadas con frialdad y presentadas con una elegancia clínica. Un cocktail helado y lúdico que confirma bajo los poderosos focos de Cannes el estatus de autor de culto (hasta ahora relativamente confidencial) que se ha labrado a lo largo de su carrera un director de 60 años de edad que ya participó en la sección Un Certain Regard en 1998 con Little Tony.

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La cinta arranca a toda marcha con una caza (en la que participa un monje) al hombre en un bosque. Camiel Borgman (Jan Bijvoet), que vive bajo tierra en una serie de escondrijos, avisa ("se han deshecho de nosotros") a sus amigos Pascal (Tom Dewispelaere) y Ludwig (al que da vida el propio director) y se escapa. Al llegar a un barrio residencial en los confines del bosque, pide a sus habitantes el permiso de lavarse en sus casas, presentándose como un viajero. Su “insolencia” le vale una terrible paliza en casa de Richard (Jeroen Perceval), obsesionado por sus problemas laborales con su jefe. La señora de la casa, Marina (Hadewych Minis), madre de tres hijos, para los que tiene a cargo a au pair danesa (interpretada por Sara Hjort Ditlevsen), y pintora en sus ratos libres, abre secretamente su puerta a Camiel y, llevada por la compasión, lo alimenta y le da permiso para alojarse en una habitación al final del jardín. El mendigo, no obstante, dará pronto muestras de poseer dones sorprendentes, hechizando la residencia principal de la parcela con una discreción excepcional (llegando casi a ser ubicuo), salvo a ojos de los niños, que lo adoptan al instante. Durante los días siguientes, las relaciones de la pareja de propietarios se tensan; Camiel trata de irse, cansado de esconderse, pero Marina lo retiene. Comienza la segunda fase del film, caracterizada por una progresiva toma de control total. Camiel llama a sus acólitos Ludwig y Pascal y a Brenda (Annet Malherbe) e Ilonka (Eva van de Wijdeven) para formar todo un equipo de “limpiadores”. Primero asesinan al jardinero y a su mujer; después, montan un proceso de selección falso en el que las salidas racistas de Richard desembocan en la reintegración de Camiel, esta vez en la habitación para invitados. A continuación, se restructura el jardín a golpe de pala, los hijos son secuestrados ("agotados por culpa del mundo moderno") para pasar por una operación enigmática (cuyo misterio se mantendrá durante toda la película), y se suceden los sueños y las pesadillas, las manipulaciones, la cerbatana y los envenenamientos, tras lo cual un cadáver acaba en el fondo de un lago y varias cabezas en cubos de hormigón armado: el pequeño teatro de erradicación metódica de toda naturaleza humana pervertida llegará hasta sus últimas consecuencias… 

Borgman es una mezcla muy radical de violencia absurda irónica y de organización planificada (al borde de lo rutinario) de acontecimientos orquestados por la banda de Camiel sin dar explicaciones en ningún momento sobre la identidad de estos curiosísimos personajes (¿locos ecologistas, ángeles castos, hastiados demonios, extraterrestres?) que actúan como un virus subyugando y perturbando por completo la atmósfera y las almas que los rodean. El cuadro de la familia de la periferia acomodada está perfectamente perfilado y todos sus miembros pierden la rueda de manera muy sutil. Borgman tiene una serie de referencias religiosas más o menos opacas y se gusta en su guion conceptual, desarrollando sus episodios en la lógica-ilógica causal: “una cosa provoca otra cosa”. Sin embargo, esta apariencia dadaísta y anarco-nihilista se despliega con un rigor cerrado, tanto en el plano narrativo como en su puesta en escena. La diversión y las preguntas están aseguradas, pero la extravagancia extrema que define la película, probablemente, irritará a más de uno. 

(Traducción del francés)

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