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Crítica

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Reina y patria: la mágica autobiografía de John Boorman

por 

- CANNES 2014: El legendario autor de Leo el último está en la Quincena de los Realizadores con una película inspirada en su servicio militar, en la que cada instante es pura delicia

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Hay artistas que deberían saber decir “hasta aquí hemos llegado”, y hay otros que coronan sus carreras con películas brillantes pero tranquilas, más cercanas a la comedia, magníficas en su alegre nostalgia. El cineasta británico John Boorman forma decididamente parte de la segunda categoría. Su nueva película, Reina y patria [+lee también:
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, presentada en la Quincena de los Realizadores, ha hecho reír tanto al público que ha maravillado y emocionado al propio director. Después de Esperanza y gloria (que evocaba sus vivencias de pequeño durante el Blitz londinense), el autor de Defensa, cuatro veces invitado a la competición de Cannes (y tres premiado), retoma el hilo de su reflexión autobiográfica. Tras una primera imagen (adorable) de los bombardeos sobre Londres, que el pequeño Bill Rohan se toma de la mejor manera posible, ya que su escuela había volado en pedazos, vuelve directamente sobre el chico (Callum Turner), ahora con 18 años, en el momento en que su vida idílica en una pequeña isla del Támesis (un lugar de cuento de hadas en el que solo se puede acceder por barca, tras sonar una campana, en donde a veces se ruedan películas), rodeado de una familia moderna y divertida, se interrumpe por su llamada a efectuar dos años de servicio militar, mientras que en Asia, la Guerra de Corea estalla. Y sin embargo, el fabuloso principio de la película no cede a una realidad despojada de magia, sino todo lo contrario.

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El propio Boorman se lo ha dicho al público del Teatro Croisette: Bill es mucho más atractivo que era él, y la chica inaccesible de la que se enamora, más guapa, pero “es así el cine”. Y también, está su amigo golfo, Percy (Caleb Landry Jones), un impertinente con su lealtad a toda prueba. La amistad entre Bill y Percy, la vitalidad de estos dos chicos que se ayudan para ver a las chicas a través de la ventana (un acto de espionaje manifiestamente fundador para el autor de Leo el último), y que reciben todo lo que la vida les propone con carcajadas (hasta el reclutamiento), es sin ninguna duda uno de los mayores encantos de la película. 

El descaro espiritual de esta generación rebelde que corresponde con el principio del reinado de Isabel II es el mismo motor de la historia, ya que los dos jóvenes van a pasarse una buena parte de su servicio militar haciéndole la burla a sus superiores cortos de luces que quieren ajustarlos a sus viejos esquemas, aquí constantemente mostrados como ridículos. Así, a lo largo de la historia, pasamos con alegría de un mal truco a una ingeniosa impertinencia: la broma del cocinero que silba, las clases de mecanografía, el golpe del reloj, la broma del código militar… Todo está salpicado por convocatorias a la oficina del Sargento Cross, encarnado por un Richard E. Grant impagable que prueba una vez más que es el rey incontestable de la mueca de desdén a la británica. Cada personaje, cada réplica, cada gesto, vale su peso en oro, y pega los ojos del espectador en la pantalla y las más radiantes sonrisas en sus labios. Ciertamente, otro motor gira discretamente durante toda la película, acallado por un ojo que sabe ver la belleza y mostrarla. Es el que esta tras la cámara de un inmenso cineasta. 

(Traducción del francés)

cinando

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