Dos adolescentes ruedan ruidosamente en el suelo, formando uno solo en una lucha con forma de presión similar a los juegos de las jóvenes fieras. Estamos en Latina, a unos cincuenta kilómetros al sur de Roma, en los años 60, en el centro de la Italia de las clases modestas y en el límite máximo de un período de efervescencia ideológico que pondrá a la Bota a fuego y a sangre una década más tarde. Una época de confusión y desgarramientos sobre la cual
Daniele Luchetti, revelado en Cannes en 1991 con
La voz de su amo, dirige una mirada oblicua a través del itinerario de dos hermanos: Accio, alias “la Polilla” (
Elio Germano), que descubrirá las bajas obras políticas junto a los neofascistas, y su hermano mayor Manrico (
Riccardo Scamarcio), que terminará su trayectoria en las filas de la extrema-izquierda radical. Posiciones antagónicas que no llegarán a romper el vínculo fraternal y que ofrecen al cineasta un novelesco y seductor hilo conductor que describe a escala individual los sobresaltos de la Historia.
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El guión de
Mi hermano es hijo único, adaptado muy libremente de la novela
Il Fasciocomunista y cofirmado por el realizador con
Sandro Petraglia y Stefano Rulli (leer
la entrevista), dúo especialista de exitosas sagas (
La mejor juventud,
Cuando naces… ya no puedes esconderte,
Romanzo criminale), se inclina claramente del lado de Accio. Interpretado por un notable Elio Germano, Premio David 2007 al mejor actor y revelación en el último Festival de Cannes, donde la película se proyectó en
Un Certain Regard, este personaje de ideal agitado simboliza todos los errores de juventud en búsqueda de identidad. Expulsado del seminario, en la desesperación de sus padres, que no saben sacar partido de este perturbador rebelde, peleador y charlatán, Accio entra en la edad adulta (gracias a una magnífica elipse temporal) involucrándose en la extrema derecha local personificada por un Luca Zingaretti muy "mussoliniano". Pero de coches incendiados a tirar huevos descompuestos, su aprendizaje político le valdrá pocas satisfacciones, excepto la de provocar a su propia familia, donde brilla la estrella de Manrico, líder de los huelguistas en la fábrica y seductor hedonista. En el fondo, el más anarquista de los dos hermanos no es el que se cree. Y cuando llega el momento de elegir entre vida e ideología, familia y doctrina, Accio sabrá rechazar sus primeros compromisos, cruzar el tablero y convencer a sus antiguos enemigos para luego abandonar la partida siguiendo siendo fiel a su ciudad natal, mientras que Manrico se hundirá en la clandestinidad y la violencia en el norte del país.
Anexando intrigas sentimentales (con
Diane Fleri, consejero de los dos hermanos), crónica familiar y un vistazo histórico, Daniele Luchetti consigue mezclar con destreza el drama y la ligereza. No dudando en utilizar la comedia en un universo donde todo podría llevar a la tragedia, el cineasta da a
Mi hermano es hijo único un encanto irresistible sin, a pesar de todo, renunciar a servirse de las arriesgadas derivas y los extravíos ridículos del entusiasmo ideológico, ya sea negro o rojo. Bien embalado por una narración fragmentada y un ritmo vibrante (hasta la exageración en la última parte), la película se inscribe en la mejor tradición de un cine italiano que asocia humanismo y pasión, destinos individuales y lágrimas de fondo colectivas. Una herencia recogida al vuelo por una nueva generación de actores prometedores y por productores (
Cattleya) ambiciosos que supieron encontrar socios franceses (
Babe Films,
Studio Canal y
France 2 Cinéma) para llevar a cabo un proyecto capaz de seducir a todos los públicos.