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El misterio de las ocho divas

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François Ozon

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- El joven director parisino está en Italia para el estreno de su película 8 mujeres, interpretada por la créme de las actrices francesas

François Ozon

Seducen, impactan, odian y aman las ocho estrellas del cine transpirenaico que François Ozon transforma, en 8 mujeres, en ocho víboras mortales. Tras la muerte de un padre en Sitcom y la desaparición de una marido en Bajo la arena, el joven director francés prosigue en su afán de eliminar a los protagonistas masculinos de sus películas, si bien en este caso cambia registro y se plantea una comedia musical. Pero no sólo, sino que además trasciende los límites del género y cae de pies y manos en los movimientos y modos del arte cinematográfico, mezclando y turbando. No, no es fácil definirla sólo como comedia, thriller o melodrama.
François Ozon, inspirado en una obra teatral de los años setenta, realiza una película rica en alusiones en las que no oculta un claro homenaje al cine francés y estadounidense –a sus películas, a sus autores y también a sus actores- a través de una historia ingeniosa pero sencilla. Ocho mujeres de distinta clase social y edad se encuentran juntas en una casa: dos hermanas (Isabelle Huppert y Catherine Deneuve), dos hijas (Virginie Ledoyen y Ludivine Seigner), una matrona (Danielle Darrieux), una cuñada (Fanny Ardant) y dos criadas (Emmanuelle Béart y Firmine Richard). Una de ellas ha asesinado al dueño de la casa, al que se ha encontrado con un puñal clavado en la espalda.
Exaltando la belleza y el talento de sus ocho intérpretes, el joven director las convierte en heroínas, antiguas y modernas, que pueden bailar y cantar los grandes éxitos de la música francesa de todos los tiempos –y, por tanto, intemporal-, desde “Pour ne vivre pas seule” de Dalida, hasta “Toi, jamais” de Sylvie Vartan. En Roma para presentar su película, Ozon nos habla del misterio de sus ocho mujeres.

Dirigir a las grandes actrices del cine francés juntas en el mismo plató no debe ser muy fácil que digamos, ¿no?
“No es tan difícil como parece. Es menos de lo que había pensado. Aunque tampoco oculto que fue necesario adaptarse a las actrices y a sus diferentes personalidades y exigencias. Cada una de ellas tenía una manera de trabajar distinta, por lo que tuve que adecuar mi modo de dirigir. Catherine Deneuve, por ejemplo, necesita saber todos los detalles de la dirección, mientras que Isabelle Huppert quiere que la sigas paso a paso y Emmanuelle Béart es, en cambio, más intuitiva”.

¿Rivalidades entre ellas?
“No, realmente ninguna. Todas querían trabajar con otras actrices aceptando que no serían las únicas protagonistas. Es más, fueron muy solidarias entre ellas durante el rodaje”.

De todas formas parece que en el guión se dosificaron los papeles con mucho cuidado y atención...
“Estaban dosificados también en el texto en el que me inspiré, la obra teatral de Robert Thomas, un escritor especializado en adaptaciones de novelas de Agatha Christie. Pero admito que tuve que utilizar una buena dosis de democracia en las tomas, asegurando a cada una de las intérpretes un momento de protagonismo absoluto. Fue por esto que utilicé las canciones y la música, de manera que cada una pudiera ser una estrella única al menos durante tres minutos”.

Bueno, pero estas canciones son momentos de particular intensidad en la película. ¿Será cierto que sólo las uso por una cuestión de democracia?
“La verdad es que no. Pero como no son profesionales de la canción ni del baile, en esos momentos se veían obligadas a quitarse la máscara de actriz y, al perder el control, mostraban su propia esencia y fragilidad”.

Bastante perverso, como también lo es el beso que se intercambian Fanny Ardant y Catherine Deneuve...
“Es cierto, lo admito, ha habido un poco de perversión por mi parte, pero esto se debe a mi deseo de rendir en cierto modo homenaje a François Truffaut. Las dos fueron actrices suyas antes de ser también sus mujeres”.

No es el único homenaje que hace al director, incluso lo cita... “Sí, Catherine Deneuve pronuncia la misma frase que en dos películas de Truffaut, Mi droga se llama Julie y El último metro, le dirigen los dos protagonistas masculinos, Jean-Paul Belmondo y Gérard Depardieu: “Tenerte junto a mí es una alegría y un sufrimiento”.

En sus películas tiene predilección por las mujeres y elimina a los personajes masculinos, cuando los hay. ¿Qué tienen las mujeres que los hombres no tengan?
“El misterio. Y además, las encuentro más interesantes. Tal vez el hecho de ser hombre me permite observarlas con mayor distancia y objetividad. Como director encuentro que las actrices son más inteligentes que sus colegas masculinos. Están dispuestas a escuchar críticas, a arriesgarse y entienden de forma más rápida a sus personajes”.

¿Y, según usted, por qué han aceptado ocho de las actrices más famosas del cine francés trabajar con usted? “A algunas las conocía muy bien y sabía que querían trabajar conmigo. Pero creo que influyó mucho el éxito de Bajo al arena, con el que una actriz de mediana edad como Charlotte Rampling volvió a las pantallas. Para una actriz no es fácil trasladar a la pantalla su propia edad y correr el riesgo de ser criticada. Pero, como decía antes, las mujeres son más fuertes y tienen más coraje”.

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