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“Quería hablar de la muerte como algo sin importancia”

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Javier Rebollo • Director

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- Javier Rebollo compite por la concha de oro por tercera edición consecutiva, esta vez con El muerto y ser feliz, una road movie que trastoca todas las convenciones relacionadas con la muerte

Javier Rebollo • Director

En su tercera participación consecutiva en el festival de San Sebastián, Javier Rebollo presenta El muerto y ser feliz [+lee también:
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, una road movie que trastoca todas las convenciones con la muerte como tema que atraviesa toda la película.

Me gustaría saber por qué elegiste el tema de la muerte y qué desencadenó la escritura del guion.
Javier Rebollo: Hace 7 años hice un documental para televisión sobre enfermos terminales donde conocí a Julio, un tipo tierno, grande, lleno de cánceres que todos los días jugaba a las quinielas. Me emocionó mucho su estoico humor cuando rellenaba las quinielas y eso quedó en el estercolero de mi cabeza. Pasó el tiempo y ese recuerdo se juntó con gustos personales como la fascinación por Argentina, la admiración a José Sacristán, o el gusto por la novela policíaca y Cervantes.

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Tratas el tema de la muerte de una forma inhabitual en el cine, irónica y desprejuiciada, sin solemnidad.
Me encanta que digas eso y me hace sentir importante. Rivette decía “cómo vamos a filmar la muerte sin sentirnos un impostor porque nadie se ha muerto”. No quería filmar a alguien que se muere de una manera luctuosa, grave, transcendental, aunque sea español, donde la muerte siempre ha estado tan enraizada a lo que somos. Yo quería trabajar desde lo lúdico y hablar de la muerte como algo sin importancia. Lo más grande de la vida es que hay que vivirla porque no es nada, sin transcendentalismos.

Tratas la voz en off también de una forma poco habitual, son narradores omniscientes casi de un informativo.
En realidad todos tenemos una voz dentro que nos va contando, que es clínica pero poco a poco se va desplazando y abriendo a otras cosas y mutando, accediendo a otro lugar. Es una voz en off muy compleja y rica que de pronto dice “no se fíe usted de lo que está viendo”. Eso es lo bonito del cine, que permite unir en un plano todos los tiempos verbales, algo que no pasa con la literatura. Es fascinante.

La película me recuerda a The Limits of the control, de Jim Jarmusch.
Me encanta esa película pero la vi hace un mes. Jarmusch es un Wenders americano pero mejor, que filma los trayectos, los momentos sin importancia. Hay algo que liga a las dos películas, el humor serio, la gravedad triste o la triste alegría, pero no me he basado en ninguna película para hacer El muerto y ser feliz.

Ha dejado claro que le encanta José Sacristán pero ¿Qué reacción tuvo José Sacristán cuando leyó el guion?
Le encantó. Fue muy fácil conquistarle porque estaba escrito pensando en él ya que lo relacionaba con personajes que había hecho en La cripta o Cara de acelga. Le asustaba, como a los productores, la imposibilidad de no poder hacer una película que se rodaba a lo largo de 6.000 kilómetros.

Me desconcertaron los diferentes tonos interpretativos de los actores. ¿Fue algo intencionado?
Lo más difícil del cine es modular a actores que son diferentes, sean profesionales o amateurs; a veces, el truco es que sean diferentes. A mí me encanta combinar a estrellas con no estrellas, a profesionales con no profesionales, pero el riesgo es muy alto.

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