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"No siento ni odio ni simpatía por los personajes"

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Mehmet Can Mertoglu • Director

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- CANNES 2016: El joven cineasta turco Mehmet Can Mertoglu habla de su primer largometraje, Albüm, presentado en la Semana de la Crítica

Mehmet Can Mertoglu • Director

La Croisette acogió nuestro encuentro con el joven cineasta turco Mehmet Can Mertoglu, que a sus 27 años de edad ha presentado su primer largometraje, Albüm [+lee también:
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, en la Semana de la Crítica del 69º festival de Cannes. Una película que muestra un gran control de las formas y un potencial de lo más prometedor.

Cineuropa: ¿Cuál fue el punto de partida de Albüm?
Mehmet Can Mertoglu: Me interesa mucho el tema de la escritura de la Historia y pensé mucho sobre las contradicciones entre los discursos orales y las historias escritas, así que me atrajo la idea de aventurarme en este asunto con una pareja que adopta a un hijo.

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¿De dónde vino justamente la idea de que una pareja hiciera falsas fotos de familia como si estuviera la mujer embarazada?
En primer lugar, me interesé en el hecho de que la fotografía es el medio más utilizado para representar las cosas en el mundo moderno. Yo detesto posar en las fotos. Ahora bien, yo crecí en el campo y, como cursaba mis estudios en Estambul, cada vez que volvía, me preguntaban cómo iba. Sin embargo, nunca terminé mis estudios universitarios y, en un momento dado, pensé hacer una foto de estudiante falsa. No lo hice pero aquello me dio que pensar. Por lo demás, tengo muchos amigos adoptados. Todas esas ideas se entremezclaron y salió la película.

¿Qué puede decirnos del misterio que rodea a las razones que tiene esta pareja para emprender esta operación de falsificación fotográfica?
Es verdad que no hablo de ello de manera muy explícita pero la adopción es un gran tabú en Turquía. En la película, es un poco como si hubiera un elefante en la habitación pero no lo viéramos, como si fuera un elefante invisible. Y cuando alguno de mis amigos adoptados descubrieron tardíamente que no eran hijos naturales de sus padres, eso les planteó serios problemas: algunos no superaron el shock y sus vidas se torcieron. En Turquía, por desgracia, la gente percibe la adopción de manera muy negativa y eso pesa en la cinta.

El retrato de la pareja es muy realista en lo que concierne a la banalidad de su vida cotidiana pero hay ciertos toques surrealistas. ¿Cuáles eran sus intenciones exactamente en este asunto?
Es una cuestión de punto de vista. Cuando volvía al pueblo, observaba a la gente, la burocracia, etc. y a partir de cierto momento, aunque se comportaran de manera muy banal, auténtica, real y cotidiana, tenía esas impresiones que usted llama surrealistas. Por ejemplo, en la escena que transcurre en Hacienda, nadie duerme de esa manera, pero la lentitud que se desprende del lugar me hace pensar en ese tipo de situación. Podemos decir, por supuesto, que son exageraciones pero, en realidad, es justo eso lo que percibo en los comportamientos de la banalidad cotidiana. 

El absurdo de la vida está muy presente en la película. ¿Hasta qué punto quiso usted explotar este enfoque?
No siento ni odio ni simpatía por los personajes. Todo tiene que ver con los códigos culturales del país y con los problemas de la clase media. Para esta gente, que realmente no tiene esperanza sino muchos problemas que solucionar, hay cierta recaída hacia la depresión en sus vidas y eso se refleja en cierto modo en la película.

La cinta es un retrato bastante feroz del ser humano, de la sociedad turca, de la agresividad social y del racismo.
Tal es la realidad de Turquía. No hay ninguna exageración en este sentido. El racismo está muy asentado; tenemos una enorme cantidad de proverbios racistas, por ejemplo, por mucho que Turquía sea heredera del Imperio Otomano, que era multicultural. Sé que esto impacta; también me impacta a mí. Lo mismo con los insultos. Sin embargo, nadie discute sobre eso porque la gente tiene otros problemas.

La puesta en escena es de lo más sofisticada. ¿Qué intenciones tenía usted?
Ante todo, soy un cinéfilo y no un profesional de la industria del cine. Como espectador, no me gusta cuando un director me obliga a ver algo. Prefiero planos amplios en los que se da al público la libertad de explorar lo que está en primer plano y lo que está detrás. Intento que cada encuadre contenga un universo y tejer un hilo invisible que una las secuencias. Por último, en lo que concierne a los decorados, investigamos mucho y al final todos los lugares en que filmamos son auténticos y los empleamos tal cual. 

(Traducción del francés)

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