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“Cada película es un mundo”

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Alberto Rodríguez • Director

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- SAN SEBASTIÁN 2016: Tras La isla mínima, el sevillano Alberto Rodríguez regresa con un ambicioso thriller político, El hombre de las mil caras, basado libremente en hechos reales

Alberto Rodríguez • Director
(© Gari Garaialde/SSIFF)

El hombre de las mil caras [+lee también:
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se presenta mundialmente en la sección oficial a concurso del 64° Festival internacional de cine de San Sebastián, justo una semana antes de su estreno en salas españolas. La expectación ante la nueva película de Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971) es máxima tras la buena cosecha de público, premios y crítica -tanto fuera como dentro de España- de su anterior La isla mínima [+lee también:
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, que participó en este mismo certamen hace dos años, acaparando dos galardones (mejor actor para Javier Gutiérrez y mejor fotografía para Álex Catalán).

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Cineuropa: Cuando hablamos antes del estreno de tu anterior película, La isla mínima, me dijiste que ya tenías en mente El hombre de las mil caras.
Alberto Rodríguez:
Era un encargo que llevaba mucho tiempo ahí, casi maldito, que primero le ofrecieron a Enrique Urbizu y a otros nombres; cuando él lo dejó, me lo encargaron a mí, justo cuando acabamos Grupo 7 [+lee también:
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. No se consiguió entonces la financiación, el proyecto se paró y con posterioridad volvió a arrancar porque hubo dinero y posibilidades. Habían sido muchos años de trabajo y pensé que merecía la pena hacer esta película: también es un giro profesional, pues tiene muy poco que ver con la anterior y es complicado, cuando vienes de un momento tan especial, repetir semejante éxito, así que me pareció una buena oportunidad para divertirme y cambiar de dirección.

Ha sido, además, una película de gran presupuesto.
Lo requería la historia, muy compleja, contada en tantos sitios. Incluso hubiéramos necesitado más dinero, como siempre. Me pasaron el libro de Manuel Cerdán, Paesa: el espía de las mil caras, pues yo tenía un leve recuerdo de aquel caso: me llamó la atención que había ocurrido en el 94, pero cuando leí el texto por primera vez percibí que podía haber sido una noticia de 2011. Eso me sedujo y también la cantidad de ruido que se generó en torno al caso Roldán y los detalles que desconocíamos y contemplaba el libro. Y la gente recordaba levemente el caso Paesa y Roldán: cómo había quedado en la memoria colectiva la historia, distorsionada o cambiada.

¿Qué has tenido que sacrificar, adaptar y amoldar del libro a la narrativa cinematográfica?
Muchas cosas, porque el libro es un texto periodístico: nosotros hacemos una ficción sobre hechos reales. Necesitábamos crear una ficción narrativa y sostener un argumento, y durante la fase de documentación intentamos ingenuamente llegar a algo que se pareciera a la verdad, pero vimos que era imposible. Las versiones de la gente que entrevistamos y los libros que leímos sobre el tema nos llevaron a la conclusión de que la historia real la conocían tres o cuatro personas y nunca seríamos uno de ellos, entonces el coguionista Rafael Cobos y yo tomamos la decisión de contar algo que podría haber ocurrido. Muchas cosas sucedieron así como las contamos, están probadas, y otras las hemos creado nosotros, porque estamos haciendo una película sobre lo que ocurrió, no un documental. Es la historia que te está contando un tipo: por eso tiene toda la verdad y la mentira de cualquier relato.

Repites con todo el equipo de La isla mínima, ¿verdad?
Somos los mismos prácticamente desde mi primer film, El factor Pilgrim: hemos ido añadiendo gente al equipo a medida que las películas se han hecho cada vez más complejas.

¿Abruma meterse en un proyecto tan grande como ha sido El hombre de las mil caras, con tantas localizaciones fuera de España?
Sí, es complejo. Había sitios de los que escribíamos sin haber estado nunca: te documentas, pero luego la realidad te sorprende. Por ejemplo, en Singapur esperaba encontrarme un cielo despejado y azul, pero te encuentras una city inmensa, con edificios descomunales que impiden que la luz llegue a las aceras y, para colmo, en Malasia queman las cosechas y se produce tal cantidad de humo, que hay una niebla permanente horrible: en la película aparece nublado siempre. Fueron equipos distintos en cada lugar, pero he aprendido mucho, porque cada película es un mundo.

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