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Los "años felices" de Daniele Luchetti

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- La película del director romano, que llega hoy a 250 salas distribuida por 01, cuenta la historia de su familia, un padre artista de vanguardia y una madre en busca de la liberación, en los años 70

Los "años felices" de Daniele Luchetti

En el verano de 1974, el año en el que Nixon renunció tras el escándalo del Watergate, Italia acababa de celebrar un referéndum sobre el divorcio, mientras se gestaba una crisis económica. En Roma, un movimiento artístico de los años 60 aún se reunía en uno de los bares de la Piazza del Popolo, con nombres como los de Franco Angeli, Tano Festa o Mario Schifano. Tanto artistas de vanguardia, como experimentales y del pop-art.

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, en ese mismo año. Él tenía 13 años, y su padre era un profesor de academia con la ambición de ser un artista de vanguardia.

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Desde la intención de contar la historia sobre su propia familia, el director consigue componer una verdadera oda al arte, incluida su manifestación en el cine, las dificultades de crearla, la falta de comprensión y las frustraciones que sufren sus responsables.

Guido (en su mayor parte, Kim Rossi Stuart) se lanza a una batalla personal en contra del conformismo de la sociedad y las instituciones artísticas, atravesando, de manera algo ingenua, el incómodo territorio de la provocación y el escándalo.

Sus ídolos son Piero Manzoni, cuya creación más famosa fue la de dejar la huella de su pulgar en huevos cocidos, que se repartieron al público para comerlos en el mismo lugar, y Vito Acconci, que se mordió su propia piel, para hacer una impresión gráfica de las huellas de sus dientes. Aquel era un tiempo en el que era obligatorio posicionarse políticamente, y un pecado ser un artista convencional.

Guido está casado con Serena (MIcaela Ramazzotti), una mujer apacible, pero celosa. Él representa a la perfección la figura del padre desaparecido, a la que Jacques Lacan se refirió a finales de los 60. Su interés por la familia está muy limitado. Enseña a sus hijos Dario y Paolo su amor por el arte, utilizando un retrato de la Virgen María y un Mondrian para mostrarles la belleza del arte abstracto, en contra del figurativo. Una amiga galerista y alemana, Helke (Martina Gedeck) le organiza una performance en Milán, en la que cuatro modelos desnudas pintan su cuerpo sin ropa, invitando a los espectadores a desnudarse. “La burguesía no es arte”, grita. Nadie se mueve. Su mujer se levanta y se desnuda ante él, algo que no le agrada.

Después de habérselo pedido, el crítico Rossi Zoldan, se niega a hacer comentarios antes de escribir su artículo. En él, intenta destruirlo. En sus palabras, este artista quiere ser dañino, incómodo, molesto y escandaloso, pero todo lo que consigue es ser banal y naíf.

Serena viene de una familia de clase media, de tenderos, pero estos son los años de la liberación: Helke la convence para irse de vacaciones al sur de Francia, llevando a sus hijos. Ella no tiene claro que lo vaya a aprobar su marido. La alemana replica que “uno debe tomar la libertad, no pedirla”. En Francia, se hace amiga de feministas, y la amistad se convierte en sexo. Serena se vuelve consciente de sí misma, quizás lo suficiente para empezar una vida sin los atamientos tradicionales.

Dario (Samuel Garofalo) conoce una chica francesa en la playa. Dario / Luchetti nos cuenta a través de la voz en off que aquellos eran penetrantes momentos de descubrimiento erótico. Él y su madre perdieron la inocencia, “o, mejor dicho, la ganamos”.

Tras ello, el regreso a casa no es fácil. El marido y la mujer admiten sus infidelidades delante de los niños. Más tarde, llega la dolorosa separación y el divorcio. Él creará un trabajo artístico inspirado en la ausencia de su mujer. La voz de Dario nos cuenta que los atamientos pueden llegar a ser dolorosos, porque todos aprietan tanto que no dejan a nadie ser libre.

El tercer pilar de la película es Dario. Es él el que cuenta la historia mientras vive una turbulenta adolescencia. Es el ojo inocente mirando hacia sus padres, conteniendo y absorbiendo su vitalidad. Vemos al chico empezar a capturar imágenes con su cámara de Super 8. Dario consigue vender el cortometraje que hizo durante sus vacaciones para un anuncio de televisión. “Nace un director, y ese soy yo”, parece querer decirnos Luchetti con poca modestia. Este es uno de los elementos más reconocibles de la escritura de Stefano Rulli y Sandro Petraglia, que imprimen la marca generacional en todo su contenido.

Los detalles de la época son impecables. Desde el Citroën 2CV Dyane hasta la Super 8 Canon Zoom 514 y las sillas plegables Castelli. Por encima de todo, lo que fascina es asistir al trabajo de un artista, en medio del proceso creativo, sin importar si acabará teniendo éxito o siendo solamente un amateur.

(Traducción del francés)

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