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Stella cadente: los fetiches de la historia

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- El productor catalán da el salto a la ficción con un singular y desafiante retrato del reinado de Amadeo de Saboya, compitiendo por el Tiger Award

Stella cadente: los fetiches de la historia

¿Puede la historia ser un objeto casi fetichista, un singular punto de partida para reflexionar, desconcertarse, e incluso divertirse? Lluís Miñarro, uno de los productores más importantes de cine de autor en España (y fuera de ella, ha estado detrás de obras de Lisandro Alonso, Manoel de Oliveira o Apichatpong Weerasethakul), parece tener claro que sí. En Stella cadente [+lee también:
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ficha del filme
]
 (o Estrella fugaz), a competición por el Tiger Award del Festival Internacional de Cine de Rotterdam, el fetiche es el fugaz reinado de Amadeo de Saboya en España, que se caracterizó por la inestabilidad institucional, que demostró la inutilidad de un gobierno distanciado de su pueblo, y que, sorpresa, reverbera 143 años después, en la actualidad. 

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El productor catalán ha empezado su andadura en la ficción con una película, producida por su compañía Eddie Saeta, voluntariamente desestabilizadora. Alrededor de 1870, Amadeo de Saboya (Àlex Brendemühl), el rey extranjero, intentó poner en orden y modernizar un país ingobernable. Un rey con ideas, cuyo gobierno, corrupto y desvaído, ignora, rechaza e incluso desprecia. Un rey con ganas de instaurar una monarquía parlamentaria, un embrión de sociedad de bienestar y una alfabetización absoluta, que acaba por abandonar sus ideas, para cuya puesta en marcha no deja de encontrarse barreras, paredes, y puertas cerradas – a veces, en la película, literalmente –. En la calle hay problemas y revueltas, y Amadeo y su corte, que viven lejanos a ella porque se les prohíbe salir de su palacio, se abandonan a un onanismo absoluto, absurdo, vital, ridículo, ensoñado y temerario. 

Miñarro manufactura una serie de tableaux vivants – de mano de la magnífica y pictórica fotografía de Jimmy Gimferrer – que retratan esa vida en el palacio. La cuestión es que en esos cuadros cobran la misma importancia presencias tan dispares como las de Caravaggio, Baudelaire o Françoise Hardy. Es en esa disparidad en donde Estrella fugaz existe: entre el drama, el surrealismo, la comedia e incluso el musical. La vida del rey, su mujer María Victoria (Bárbara Lennie) y su corte (con Lola Dueñas al frente) deambula sonámbula entre el sexo, el sueño, lo terrenal y lo etéreo, lo simbólico y lo directo. El otro contraste en donde Stella cadente existe es el que se encaja entre la seriedad de sus ideas y la voluntad de Miñarro de calificarla, en sus créditos, como "divertimento". Es esa dimensión la que refleja en la película la crisis española actual, a través del gobierno corrupto, la desconexión con el pueblo o las dudas sobre la noción de patria – el conflicto catalán sale a la superficie con el discurso de Amadeo y los idiomas utilizados –; pero sin perder la capacidad de imaginar, desconcertar y, ya que estamos, divertirse.

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