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MÁLAGA 2014

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El inventor de la selva: construyendo y destruyendo sueños

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- Apadrinado por Isaki Lacuesta y León Siminiani, el fascinante documental de Jordi Morató nos regala el retrato de un artista inconsciente, clarividente y absolutamente libre

El inventor de la selva: construyendo y destruyendo sueños

Programada en la sección Documental (donde ha obtenido una mención especial del jurado Universidad de Málaga) del Festival de Málaga, tras ser aplaudida y disfrutada en la última edición del de Rotterdam, el primer largometraje de Jordi Morató se abre con la voz en off, en catalán, del propio director-guionista, mientras la cámara sobrevuela una frondosa vegetación: “A este bosque venía un niño a jugar. Trepaba a los árboles, se refrescaba en un arroyo y pescaba peces con las manos. Pasaron los años y este niño fue un hombre que hizo torres de 30 metros, cabañas para los animales, una presa en el río y un laberinto de más de un kilómetro del que ya nunca podría escapar. Todos lo conocían como Garrell. La gente visitaba y admiraba su bosque. Hasta que un día lo destruyó todo y lo quemó. Él decía que sólo estaba jugando, que no planificó nada, que sólo iba haciendo sobre la marcha”.

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Sobre la marxa es el título original de este hipnótico El inventor de la selva, el documental más comentado estos días en Málaga. Una película que retrata, en sus entretenidos 77 minutos, al denominado Tarzán de Argelaguer (Girona), un hombre que empleaba su tiempo libre en construir un mundo a su medida. Morató, que acudió al lugar donde estaban erigidas las creaciones de Garrell, atraído por su belleza, tuvo no sólo la suerte de conocer a este libérrimo artista, sino incluso encontrar las grabaciones domésticas que un chico vecino de 14 años realizó, en las que este inclasificable personaje dirigía y protagonizaba gozosas versiones de las películas del rey de la selva.

Un documento único que fascina por la personalidad del retratado, un incansable forjador de sueños que disfrutaba tanto creándolos como destruyéndolos, en un constante ciclo natural donde el agua y el fuego eran elementos imprescindibles. Él mismo se autodenomina un “okupa de la naturaleza”, pues levantaba sus espectaculares construcciones en terrenos ajenos, donde el sonido de cercanas carreteras siempre está presente, de fondo, como esa amenaza del “hombre civilizado” que tanto teme tanto el Tarzán que interpreta, como el propio Garrell y que, cuando se materializa en agresión de cualquier tipo, le empujará a quemar y luego reconstruir, incluso tres veces, sus ciudades deshabitadas en otro sitio.

Morató ilustra tan épica e inverosímil peripecia con las referidas grabaciones domésticas, con las de una historiadora americana hechizada por el arte de Garrell y por las suyas propias, más recientes. En todas, este héroe anónimo que hoy tiene 76 años aparece como un juguetón niño grande, un loco visionario, un creador infatigable que lucha contra esa maldita realidad que se empeña en boicotear sus fantasías, un romántico recalcitrante: el último hombre salvaje, puro y libre, al estilo Herzog. Alguien digno de admiración, tan arrebatador que resulta sencillo identificarse con él, pues como confiesa ante la cámara: “Para vivir bien, tengo que complicarme la vida”.

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