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CANNES 2014 Quincena de los Realizadores/Estados Unidos, Francia

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Cold in July: tres hombres y un ataúd

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- CANNES 2014: Jim Mickle regresa a la Quincena con un suculento festival de sangre que mezcla el humor de diferentes fuentes y el cine de género

Cold in July: tres hombres y un ataúd

El director estadounidense Jim Mickle ha sido invitado por segundo año consecutivo a la Quincena de los Realizadores con Juillet de sang [+lee también:
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(aquí presentó el año pasado We Are What We Are). Este su cuarto largometraje, adaptación de una novela de Joe R. Lansdale y coproducido por la francesa BSM Studio, ha dado al público del Festival de Cannes una mezcla de los géneros más gamberros del cine más sanguinario y divertido con la que uno siente la misma alegría que al hacerla experimentaron los famosos actores de la película, presentes en la Croisette junto con Mickle y el novelista. En esta cinta pueden percibirse el sol y los acentos sureños del cine de David Gordon Green, guiños a los carnavalescos baños de sangre de Tarantino, una dimensión provincial y malsana bañada de notas de sintetizadores que recuerdan a algo de Lynch, todo ello aderezado de una agradable capacidad para no tomarse en serio, sin que por ello la cinta haga gala de estar perfectamente perfilada (hasta el héroe no se olvida nunca de restregar los espectaculares chorros de sangre que provoca, lo que es aún más divertido teniendo en cuenta que sus facciones son las del sociópata de la serie televisiva Dexter).

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La historia transcurre en el Texas de finales de los años 80. Una noche, alertado por un ruido, un buen padre de familia (encarnado por el famoso "Dexter", Michael C. Hall, ataviado para dar vida a este asesino involuntario de vaqueros y un peinado “mullet”), temblando de miedo, acaba metiendo a un intruso una bala en el ojo: un acto en defensa propia que lo proyectará de lleno en dos roles totalmente nuevos para este hombre anodino poseedor de una pequeña tienda de marcos de puertas y ventanas. De un día para otro, en su pequeña localidad de provincia, el hombre se convertirá en un valiente vengador que provocará el silencio de todos los que se encuentre a su paso como si se tratara del héroe de un western que acaba de entrar en un salón. La metamorfosis, sin embargo, no es aún más que aparente: Richard Dane no es más que un hombre corriente aterrorizado, más aún cuando Russel (Sam Shepard), el padre del intruso que ha matado, un delincuente reincidente, como su hijo, empieza a perseguir a su familia hasta la habitación del rubio bebé que Dane está dispuesto a proteger a toda cosa, hasta sirviendo como cebo para la captura de este hombre despiadado y huidizo que constituye una amenaza latente en su familia modélica y bienpensante, por no decir almibarada.

Los acontecimientos que siguen demostrarán que Dane es víctima por partida doble, pues su sórdida aventura ha sido orquestada por hombres sin escrúpulos que desenmascarará por casualidad. Russel también ha sido su cobaya, así que, contra todo pronóstico, el padre de familia une sus fuerzas con las del criminal de mirada fría, que llama a un antiguo camarada de la guerra de Corea, Jim Bob (interpretado por un fabuloso Don Johnson), criador de cerdos y detective privado de una eficacia que aturde. A partir del momento en que el apuesto granjero hace irrupción con su escandaloso descapotable, en cuya matrícula puede leerse "Red Bitch", empieza la segunda mitad de la película, más apetitosa que la anterior, pues la inconcebible alianza entre estos tres hombres decididos que actúan fuera y contra la ley para reestablecer la justicia, ofrece diálogos, chascarrillos y escenas espectaculares y cuidadas hasta el más mínimo detalle (desde la ambientación hasta las explosiones de sangre, pasando por las fotos de los especímenes porcinos sobre las paredes de la “oficina” de Jim Bob). El ritmo del film se acelera a medida que se destapa la sordidez de la verdad que estos tres justicieros van revelando: el “muerto viviente” que persiguen es tan infecto (quizá peor que el psicópata de El silencio de los corderos, al que por momentos parece que vemos en su rostro, pues dota al asesino de cierta dimensión pornográfica y mafiosa [¡no le falta de nada!]) que se hace necesario tomar un trago aun ya a la hora del desayuno.

A todos estos aspectos de lo más divertido, que culminan en un "showdown" eminentemente catártico, hay que añadir unos decorados y un vestuario perfectamente chillón y ridículo que el equipo de la película se ha dado el lujo de reunir para invocar esta década de la quintaesencia kitsch que fueron los años 80. El resultado, en efecto, es un film suculento que se consume con toda facilidad.

(Traducción del francés)

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