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VENECIA 2014 Orizzonti

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Goodnight Mommy: ¡agarraos fuerte, niños!

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- VENECIA 2014: La película austriaca de la sección Orizzonti es extraña, posee una estética soberbia y acaba siendo una experiencia aterradora que quita el aliento

Goodnight Mommy: ¡agarraos fuerte, niños!

El film que Veronika Franz y Severin Fiala presentaron ayer en Venecia, en la sección Orizzonti, es de esas películas que hacen vivir toda una experiencia. Testimonio de ello fue anoche el paseo Marconi, lugar por donde caminaban a la salida del cine los rostros más o menos alucinados del público festivalero que acababa de asistir a la proyección de Goodnight Mommy [+lee también:
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(cuyo título original es Ich seh Ich seh, literalmente "veo veo", un título sin una pizca de ingenuidad).

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Durante los dos primeros tercios de esta producción austriaca (a cargo, hay que decirlo, del cineasta Ulrich  Seidl), vemos una película bien hecha, con una fotografía soberbia y una calma extraña. Nada hace presagiar que, al final de la proyección, acabaríamos anclados en el asiento tras experimentar toda suerte de rictus durante la parte del metraje que nos quedaba por ver. La cinta abre el telón, en efecto, con imágenes apacibles y un tanto bucólicas: dos críos idénticos juegan al escondite en un escenario idílico de praderas infinitas, inmensos bosques, lagos centelleantes y grutas misteriosas. Habitan una enorme mansión impecablemente diseñada, en compañía de una madre frágil y bastante espantosa, con la cara cubierta de vendaje, que no se dirige más que a uno de los dos niños, Elias, como si Lukas no estuviera allí. Cabe sospechar alguna tragedia tras su rostro tapado pero la dureza y el egoísmo de la madre siembran dudas, sin mencionar el aspecto de la casa, excesivamente cuidado para unos jovenzuelos. Para escapar de la crueldad de esta madre fría y monstruosa, Elias, solo, esto es, acompañado de su hermano gemelo invisible, juega con enormes bufandas dignas de una pesadilla kafkiana y trata de acoger a un gato que más tarde hallará muerto, lo que decide hacer pagar a la madre exponiendo su piel acartonada en un enorme recipiente lleno de alcohol medicinal, sobre la hermosa mesita, entre los muros lisos e inmaculados (a excepción de la pared en la que cuelgan viejas fotos de Elias y Lukas).

Los malos tratos que se suceden a continuación toman un cariz casi irreal. Desde su habitación, en la que esa mujer que no puede ser su madre lo ha encerrado, Elias se dedica a espiar sirviéndose de un walkie-talkie. Nada más liberarse, flanqueado siempre por ese Lukas que nadie más que él ve, Elisa huye hacia la iglesia más cercana, pero el sacerdote lo devuelve a casa. Es entonces cuando, con una sola frase como explicación de esa madre que ya no reconoce, comprendemos todo aquello que Elias se niega a comprender.

Al cabo de más de una hora de película, la dinámica que se había construido hasta ese instante se da por completo la vuelta: la crueldad cambia de bando y el thriller psicológico desemboca en un festival de terror en el límite de lo sostenible, con fuego, torturas y niño(s) endemoniado(s). El impacto que producen las imágenes de los últimos veinte minutos es tan difícil de describir como evidente resultó a la salida de la proyección ayer en Venecia, con los gritos de pánico que escapaban del público al ver la reacción de esta madre sumergida literalmente en el infierno por su propio hijo.

Franz y Fiala salen realmente airosos con este primer largometraje de ficción: consiguen presentar varios motivos de manera pasmosa y a hacerlos saltar por los aires con su absoluto contrapunto y con idéntica brillantez. Por ejemplo, logran hacernos observar durante la mayor parte de la cinta a los dos niños como si no hubiera más que uno y, cuando se confirma que Elias está solo, no podemos dejar de ver al gemelo empujándolo a la furia. Todo ocurre como si Elias estuviera manipulado por esa presencia de la que a su vez se sirve, como si torturase a su madre por amor a ella... En su brutal sencillez, Goodnight Mommy es, sin duda, una película de una elegancia, una violencia y una complejidad diabólicas y decididamente indescriptibles.  

(Traducción del francés)

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