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RÓTERDAM 2015 Competición

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Norfolk: la reinterpretación de un mundo

por 

- Martin Radich moderniza el realismo clásico británico bañándolo de absurdo en su peculiar y enigmática manera de imaginar el bucólico condado de Norfolk

Norfolk: la reinterpretación de un mundo
Denis Ménochet y Barry Keoghan en Norfolk

En muchos respectos, la competición principal del 44º festival internacional de cine de Rotterdam era el lugar perfecto para que Martin Radich celebrase el estreno mundial de su Norfolk [+lee también:
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. Esta producción británica es una obra muy experimental y contiene elementos intencionadamente rústicos o básicos. También presenta una estética posapocalíptica distorsionada ensamblada con un acabado increíblemente profesional. En fin, a Norfolk le va como anillo al dedo Rotterdam, un festival que el crítico de Sight and Sound Gareth Evans describió una vez como dedicado a casar "innovación" y "un cierto pragmatismo industrial". 

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El condado de Norfolk, por otra parte, es conocido en el Reino Unido por ser un área rural sin parangón en el resto del mundo, lo cual poco tiene que ver con el entorno que presenta Radich: su Norfolk se centra, sí, en el idilio pastoral y lleno de lagos de The Broads pero hay toda una capa de vibraciones cataclísmicas añadida que confiere a la realidad una dimensión extranjera de lo más impresionante. 

Las localizaciones escogidas aparecen gloriosamente dilapidadas; los personajes sólo ingieren comida rudimentaria y el mundo parece estar a medio camino entre el feudalismo medieval y la actualidad. El brillante vestuario parece un refrito de lo que en un futuro será la ropa de segunda mano. La tecnología en esta película también resulta difícil de enmarcar. Todo parece deliberadamente analógico y la música y la televisión que aparece en las vidas de los personajes es una extraña mezcla de contenidos de diferentes décadas. No parece haber escasez de electricidad por lo que el mundo parece seguir su curso de un modo u otro. 

¿Entonces qué ocurre exactamente aquí? Bueno… ésa es una pregunta difícil. Lo principal es que la narración está protagonizada por un Denis Ménochet que hace las veces de mercenario con acento americano, acompañado por su hijo (Barry Keoghan). Para quién trabajan queda en el misterio, al igual que contra quién pelean. La clave parece ser reconocer en Norfolk una película en esencia absurda. Los personajes de Radich admiten abiertamente que no saben por qué hacen lo que hacen y en varias secciones de la película aparecen tan ensombrecidos que casi no aportan ningún tiempo de sentido más allá de una impresión emocional de hundimiento y enajenación.

Como en Beckett, un componente relevante de la tensión que transmite Norfolk es su propia creación u oposición entre los numerosos dobles: padre e hijo, hijo y amante, etc. Y, como en Beckett, el ritmo de las interacciones entre los personajes de Radich es inconstante y descentrado hasta la brillantez. Lo absurdo de Radich, sin embargo, se acerca mucho más a la versión más naturalizada de Pinter. Su Norfolk parece un mundo bastante realista que resulta estar bañado por una sensación intensa y confusa de amenaza.

Los espectadores que se atrevan con esta cinta deberían prepararse para todo un reto de acción e interpretación. Gran parte de Norfolk parece incluso ser narrado como con un tono de desafío para con el público. El resultado, con todo, es triunfal: ser capaz de hacer de la realidad algo tan irreal, y hacerlo con credibilidad, es un logro incontestable y sorprendente.

(Traducción del inglés)

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