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SOFÍA 2015

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Corpse Collector: la comedia de la muerte

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- La ópera prima de Dimitar Dimitrov juega entre géneros a reírse de la muerte, hasta que se convierte en un inevitable y grave drama romántico

Corpse Collector: la comedia de la muerte
Stefan Shterev y Stoyan Radev en Corpse Collector

Desde los minutos iniciales del metraje de Corpse Collector [+lee también:
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, la ópera prima del director búlgaro Dimitar Dimitrov, uno ve una feliz concurrencia de géneros. La secuencia inicial nos muestra a Itzo (Stoyan Radev) arrastrando unos cadáveres que debe llevar a la morgue, envuelto en un halo de terror. Poco después, unos turbios personajes se nos presentan intentando hacer pasar un asesinato como un accidente de tráfico, con el ritmo de un thriller. Y a continuación, vemos a Itzo y a su compañero de trabajo, el gitano Avera (Stefan Shterev), discutiendo sobre si se debe o no se debe robar la ropa y las joyas a los muertos; total, ¿para qué las necesitan ellos? El cineasta debutante expone así en poco tiempo los tres caminos paralelos que guían su película, Mención Especial en la sección búlgara del reciente Festival Internacional de Cine de Sofía (leer noticia). Unos caminos que sigue, zigzagueando, hasta que se interpone el amor... y lo que se podría decir que es su última consecuencia: la muerte. La muerte que es, también, lo que da comienzo a la película. Algo tan serio que da mucha risa. 

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El camino de Corpse Collector es el que recorren ambos trabajadores, entre el humor más negro (confundiendo personas vivas con muertas) y el drama social más desolador (encajando la violación de la hija de Avera). En él, Itzo conoce el amor: obvia a su atenta compañera de trabajo, Mimi (Lydia Indjova), para reemplazarla por Katya (Teodora Duhovnikova), una mujer atormentada, complicada y cruel, amante de Rocco, un mafioso (Mihail Bilalov) al que ya vimos asesinando al principio de la ruta. En tal desconcierto, Itzo se abandona a las más ridículas de las situaciones (Katya exige un certificado médico que demuestre que no tiene enfermedades antes de su primer encuentro sexual), dejando entrever una compleja psicología estupendamente retratada por Radev. El enrevesado recorrido entre géneros también se desarrolla pues a nivel de los personajes: la nueva amante de Itzo se asemeja al recuerdo de su estricta madre, y su personalidad se desdobla a medida que tanto su romance como su ambulancia le llevan a lugares (morales) insospechados. Hasta que, tras todos ellos, llega el más común, inevitable y grave, y casi pedestre a nivel narrativo, en el que los cabos se atan para que el dolor deje paso al amor.

Corpse Collector, producida por la búlgara Magic Shop, juega con todos estos instrumentos: su puesta en escena a medio camino entre los tres géneros anteriormente nombrados concuerda con las diferentes sensaciones que despierta la historia de Itzo y Katya (y Mimi). Dimitrov lo hace con un estilo especial, mostrándolo a través de la lograda fotografía de Boris Slavkov, repleta de lens flares, y colorida a la par que metálica, exactamente igual que los perforantes ojos de Radev. Unos ojos que aciertan a ver ante sí lo ridículo de lo serio y del amor y, también, lo cómico de la muerte.

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