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SOFÍA 2015

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Buffer Zone: soñar el cine

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- El veterano director búlgaro Georgi Djulgerov indaga en el mito cinematográfico de filmar los sueños a través de la percepción de un hombre roto

Buffer Zone: soñar el cine
Stefka Yanorova en Buffer Zone

“Hablar de sueños es como hablar de películas, ya que el cine usa el lenguaje de los sueños; los años pueden pasar en segundos y puedes saltar de una imagen a otra”, dijo una vez Federico Fellini. El maestro italiano mantenía también un diario de sueños, en el que intentaba acercarse a su subconsciente cada vez que abría los ojos. Veintidós años después de su muerte, el veterano director búlgaro Georgi Djulgerov (Oso de Plata berlinés en 1977 por Ventaja), toma ambos puntos de partida para indagar en ese inextricable mundo que puebla la parte de atrás de nuestra mente en Buffer Zone [+lee también:
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Proyectada recientemente en el Festival Internacional de Cine de Sofía, la película construye un caleidoscopio a través de la mente (y la mirada) rota del protagonista, Todor Cherkezov (Rousy Chanev), un experimentado director de cine que acaba de sufrir un accidente de tráfico en el que perdió a su mujer Irina (Stefka Yanorova). Su desesperación, en vez de arrojarlo a la tragedia, lo obliga a refugiarse en sus sueños, en la única cosa que es suya y que nadie le puede arrebatar. Mostrados de manera episódica, esos vistazos al subconsciente carecen, aparentemente, de hilo conductor (¿qué sueños sí lo tienen?). En el primero, unos jóvenes Todor e Irina hacen chocar su atracción sexual mutua con los recuerdos de la familia del primero (sobre todo, de su madre), en un oscuro apartamento. En el segundo, Todor, ya mayor, se encuentra en el balcón de su casa con una joven que le insinúa disfrutar de las mieles del adulterio. En el tercero, Irina pretende abandonarlo, a partir de lo que él se embarca en un viaje de reencuentro con su pasado en unas fantasmagóricas marismas. En el cuarto, su mujer lo salva de una muerte segura en una especie de Bulgaria post-apocalíptica controlada por un estricto régimen. En el quinto, Todor visita una extraña cabaña en la que los ancianos intentan decidir cuál fue el mejor momento de su vida, la misma en la que decide quedarse sacrificándose por la joven que se la enseña. Y en el sexto, Todor pasea por el purgatorio, extraño y extrañado, en el que intenta llegar a un acuerdo con todo su pasado. Ese difícil acuerdo, el único con el que, sobre todo, uno puede aceptar su presente.

Ese presente, en el que Todor deja su casa para viajar a Grecia en un coche conducido primero por su yerno y después por la amiga francesa de su hija, es el que fragmenta Djulgerov con los fantásticos retratos de sus sueños. El director se empeña en fabricar un homenaje a los grandes cineastas europeos del inconsciente: Ingmar Bergman en la conversación con la madre, Andrei Tarkovsky en la cabaña al más puro estilo Stalker o Fellini en sus reencuentros con los personajes de su infancia. Sin ir muy lejos, también parece haber guiños a cineastas contemporáneos suyos, como Theo Angelopoulos (en el viaje en la niebla a través de los Balcanes), Roy Andersson (la representación del purgatorio) o incluso el Julian Schnabel de La escafandra y la mariposa (en la percepción visual sesgada del protagonista). Djulgerov hace de su puesta en escena un instrumento a través del cual dejarlo claro, incluyendo incluso las citas de los propios cineastas en sus imágenes; algo que se antoja innecesario, y que, sin duda, le da al conjunto un aire tan acomodaticio como naíf. Esas imágenes, sin embargo, están estupendamente reproducidas, con una poética fotografía obra de Georgi Chelebiev y notables momentos cinematográficos. Aunque a Buffer Zone, producida por Front Film, le haga falta despojarse de su propia idea para conseguir algo genuino, Djulgerov es capaz de dibujar una estimable oda a los sueños y, a la vez, al cine, o si se quiere, a los sueños del cine.

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