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CANNES 2015 Competición

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El hijo de Saúl: los obreros de la muerte

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- CANNES 2015: El primer largometraje del húngaro László Nemes pasma con su acercamiento visceral al Holocausto. La primera bofetada del 68° Festival de Cannes

El hijo de Saúl: los obreros de la muerte
Geza Rohrig, en El hijo de Saúl

Se trata de un tema eternamente fuerte, tratado sin limitarse en lo más mínimo, el que permite a una ópera prima brillar bajo las radiantes luces de la competición del 68° Festival de Cannes sin que su director, el húngaro László Nemes (38 años), no haya sido presentado en una sección paralela durante ninguna edición precedente del festival.

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nos recuerda una vez más hasta qué punto el cine de autor húngaro puede imponerse por su rigor formal; y aquí, lo hace con una tensión realista raramente (incluso nunca antes) vista en una película cuya acción se ambienta en un campo de concentración.

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Estamos en octubre del 1944 y la cámara se pega durante dos días a los hombros de Saul, un miembro de los "sonderkommandos". A estas brigadas especiales de prisioneros, denominados los "portadores de secretos" se les encarga trabajar en los crematorios de Auschwitz, por lo que conocen su objetivo real. Desvisten los cadáveres, limpian las cenizas… En un clima de revolución de los prisioneros, Saul se embarca en una búsqueda imposible: encontrar un rabino para enterrar el cuerpo de un niño que cree que es su hijo.

Basándose en los ecos del Holocausto que resuenan en su pasado familiar, y en un libro de testimonios que descubrió hace unos años, el director construye una despiadada trinidad: un encuadre visual unipersonal (firmado por Matyas Erdely), con su diseño de sonido (responsabilidad de Tamas Zanyi) y una coreografía del caos perfectamente orquestada. Esta construcción hace de El hijo de Saúl una verdadero estructura para una montaña rusa. El ritmo compone pocas ocasiones para el espectador para retomar el aliento, puesto que los planos secuencia desenfrenados llegan tan lejos como para darle una lección al cine de acción. Tampoco hay mucho lugar para el sentimentalismo que caracteriza a menudo el tratamiento de este tema en el cine. Tras cuatro meses de inmersión en el horror, el campo ha insensibilizado completamente a Saul. La muerte es su oficio. Es a él y a nadie más a quien seguimos en sus deambulaciones físicas y emocionales. La violencia ya no tiene impacto visual alguno en Saul y, por otra parte, el espectador ve poco, y discierne menos, de lo que no es el objeto, a veces anticuado, de la atención del personaje. La amplitud de foco es corta, los planos generales, inexistentes, y la historia se reduce a una quimérica búsqueda que sirve de rojo hilo conductor, un color por otra parte ausente de la película, que no muestra derramamiento de sangre alguno, aunque exista durante las brutales escenas de masacre en cadena.

Geza Rohrig, que interpreta a Saul, no es un actor. Es un poeta húngaro que vive en Nueva York, pero que, con sus brutas facciones y gestos, ha encontrado absolutamente el dominio de un nuevo medio de expresión. 

El hijo de Saúl bofetea al espectador por su acercamiento único al tema, sin por ello descuidar el cuidado al contexto social, representado por las tensiones internas dentro de los detenidos y de las jerarquías estructurales de un campo de concentración del tamaño de Auschwitz. Esta visita guiada a una fábrica de la muerte se adentra en sus entrañas, en sus sucios y secretos rincones que siempre hay que limpiar, gran paradoja de la depuración étnica nazi. Esta otra búsqueda imposible de la película se encuentra con la de Saul, que no hace otra cosa que cavar finalmente su propia tumba, reducido a un individualismo cegador que se asoma a la locura … 

El hijo de Saúl es una producción de Laokoon Filmgroup vendida al extranjero por Films Distribution.

(Traducción del francés)

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