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VENECIA 2015 Competición

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Francofonia: la pirámide del Louvre de Aleksandr Sokurov

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- VENECIA 2015: A través del esfuerzo de dos conservadores por salvar de la II Guerra Mundial el patrimonio del Louvre, el maestro ruso nos ofrece un canto al arte, a Europa y a la belleza

Francofonia: la pirámide del Louvre de Aleksandr Sokurov
Johanna Korthals Altes y Vincent Nemeth en Francofonia

Hace trece años, en El arca rusa [+lee también:
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, Aleksandr Sokurov nos paseaba, en un único y magistral plano secuencia, con cerca de mil actores y otros tantos figurantes, por el museo del Hermitage de San Petersburgo y por 400 años de historia rusa. En Francofonia [+lee también:
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, en competición en la 72ª edición de la Mostra de Venecia, el paseo, que tiene lugar en el Louvre, se lleva a cabo de manera algo diferente, a medida que la sensación de urgencia se intensifica.

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Esta vez, nuestro Noé del arte, como testigo eterno y vulnerable de la grandeza y la belleza de las civilizaciones, especialmente de la civilización europea, usa su propia voz (y su silueta vista de espaldas, delante de una cámara web cuya imagen se enturbia cada vez más en el transcurso del naufragio) para contarnos dos historias: una, ficticia, sobre un capitán cuyo buque cargado de obras de arte se está hundiendo y la otra, real, sobre dos enemigos, un francés y un representante del ocupante nazi, que, juntos, han salvado el enorme patrimonio que encierra, en el corazón de la única ciudad que el Führer quisiera preservar, el antiguo castillo de los reyes de Francia, de cuyos viejos cimientos se ha exhumado recientemente la Victoria alada de Samotracia.

Debido a que el arte (expresión sublime del alma de los pueblos, manifestación de las culturas) ha sido objeto muchas veces del odio, así como de la codicia de los guerreros y de los dictadores, en el siglo pasado, de una guerra mundial a la otra, los alemanes retomaron la práctica del “Kunstschutz” (protección del arte). Esta necesidad de preservar el patrimonio llevó a Franziskus Wolff-Metternich a París durante la Ocupación y lo convirtió en el inesperado aliado de Jacques Jaujard, entonces director del Louvre desde 1939. En su homenaje a la trascendental empresa de estos dos hombres, el propio Sokurov superpone obras, símbolos (como esa Marianne que corre entre los cuadros), páginas de la Historia (como las guerras napoleónicas y sus majestuosos trofeos, legados de pueblos actualmente extintos), texturas, píxeles, imágenes de archivo y espectaculares vistas aéreas en las que París, eternamente sublime, adquiere los colores suavemente azulados de una grabación de antaño. En definitiva, construye, como una pirámide en la que cada piedra por sí sola sería una epopeya unas veces trágica, otras heroica, un canto sensible y rotundo a nuestra cultura, todavía viva.

Como ha revelado a Cineuropa, el maestro ruso habla de un naufragio y de un salvamento, porque no se puede hablar de la vida sin la muerte, y a la vez, no habla ni de lo uno ni de lo otro. Del mismo modo, aunque parece dedicar su elegía a los pueblos, más allá de los individuos, lo que busca en los rostros de piedra y en los pigmentos en el lienzo es el rostro de la humanidad. En cierto sentido, todo está contenido en esta pregunta que plantea el naufragio al que Sokurov asiste a través de la pantalla de su ordenador: ¿qué hay que salvar primero? ¿Las obras o las personas? ¿Las personas que crean las obras o las obras por las que se hacen inmortales? La pregunta es esencial y es ridícula. Todo se desvanece, desde arriba. Porque lo que nos permite contemplar este hombrecito que habla solo, lentamente, entre sus libros, y que admite que le preocupa que su película sea un fracaso, es la belleza. Y el resto no es más que ruido y furor, o silencio.

(Traducción del francés)

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