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SEMINCI 2015

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La decisión de Julia: sólo somos recuerdos

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- La tercera película de Norberto López Amado es una emotiva reflexión sobre la muerte y nuestros pensamientos, protagonizada por unos entregados Marta Belaustegui y Fernando Cayo

La decisión de Julia: sólo somos recuerdos
Marta Belaustegui en La decisión de Julia

Norberto López Amado (Ourense, 1964) obtuvo nominaciones a los Goya con sus anteriores largometrajes: la primera por Nos miran, en 2002, a la mejor fotografía (de Néstor Calvo); la segunda, cuando en 2010 optó al de Mejor documental –junto al codirector Carlos Carcas– por ¿Cuánto pesa su edificio, señor Foster? [+lee también:
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. Entre medias el cineasta se ha fogueado entre los platós de teleseries y las cámaras de la Agencia Efe Televisión. Esa experiencia no auguraba que su nuevo film, el drama La decisión de Julia [+lee también:
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, que ayer se presentó en la sección Punto de encuentro de la 60ª Seminci, tuviera el formato de una pieza de cámara: su acción transcurre mayormente entre las paredes de una habitación de hotel madrileño.

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Allí llega, una desapacible noche, la protagonista, Julia (Marta Belaustegui), que reconoce el lugar: ahí pasó algo, años atrás, que desea rememorar vívidamente. Al poco rato llaman a la puerta dos desconocidos que, antes de entregarle un líquido que le permitirá dormir para siempre, la invitan a plantearse, por última vez, si está segura de que quiere morir voluntariamente. A partir de ese momento Julia, según se deja llevar por los sopores de la química y el sueño eterno se apodera de su cerebro, irá recordando sus encuentros con el hombre más importante de su vida (Fernando Cayo).

Filmada en blanco y negro, La decisión de Julia es una película sobre los recuerdos. El día de nuestra muerte ellos reconstruirán nuestra vida y López Amado levanta su film sobre esta idea: para ello se vale de los diálogos entre los dos actores principales, que rememoran hablando los momentos más importantes de su compleja relación, donde las ocultaciones, mentiras, sospechas y miedos determinaron no solamente un posible destino juntos, sino otros aspectos fundamentales de sus existencias, como el éxito profesional, la confianza mutua o la mismísima paternidad.

Para lograr ese objetivo, el director confía plenamente en sus entregados actores, que, desprovistos de vergüenza, se vuelcan en un tour de force emocional e íntimo donde no ha faltado la improvisación durante el rodaje.  Ese esfuerzo da como fruto positivo la emoción descarnada, pero cae por momentos en un exceso de palabrería: apenas algunos planos salen de las cuatro paredes de esa habitación, dándole así necesario oxígeno a un drama pausado, denso y medido, pero excesivamente teatral.

A pesar de ello, el mayor logro de la cinta es que mira a la muerte de frente y desdramatiza el hecho de decidir libremente sobre ella: un tema espinoso y casi tabú que no deja de abordarse en el cine reciente (basta recordar la danesa Corazón silencioso [+lee también:
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), precisamente porque el asunto preocupa más que nunca. López Amado lo expone con total naturalidad, sin dar innecesarias explicaciones sobre por qué la protagonista decide poner fin a sus días: como señala el título de la película, es su opción… y punto.

La decisión de Julia es una producción de Liquid Works, compañía que gestiona sus ventas internacionales.

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