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Pozoamargo: el peso de la culpa

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- La nueva película de Enrique Rivero es un descenso a los infiernos de un hombre que carga con la pesada mochila de la culpabilidad

Pozoamargo: el peso de la culpa
Jesús Gallego en Pozoamargo

Una ciudad de tonos metálicos y crepusculares. Jesús (el debutante ante la cámara Jesús Gallego) copula casi dolorosamente. Su pareja sexual está –muy– embarazada y, cuando él entra en el cuarto de baño, descubrimos que sufre una enfermedad venérea... pero no se lo dice a nadie: ni a ella. Poseído por un tremendo sentimiento de culpa, escapa lejos: al campo. Allí, mientras trabaja en la vendimia, entabla contacto con la dueña de un bar, con jornaleros y con Gloria, una muchacha de alegre sexualidad (encarnada por Natalia de Molina, Goya revelación en 2014 por Vivir es fácil con los ojos cerrados [+lee también:
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). Cuando reincide en su pecado, Jesús tomará una decisión drástica.

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Enrique Rivero ha presentado su tercera película, Pozoamargo [+lee también:
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entrevista: Enrique Rivero
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, una coproducción entre México y España, en el XII Festival de Cine Europeo de Sevilla precedido por la excelente acogida en festivales de Parque vía y Mai morire, ambas rodadas en México, donde se crió a pesar de haber nacido hace 39 años en Madrid y pasar sus primeros diez años de vida en la capital española. Como en sus anteriores films, ha contado con la colaboración de actores no profesionales para encarnar a los secundarios que, con sus expresivos rostros, pueblan la pequeña localidad manchega que da título al film y que el cineasta, con la complicidad en la dirección de fotografía de Gris Jordana, ha convertido en un inhóspito purgatorio.

Es el Jesús protagonista un hombre que arrastra un sentimiento de culpa lacerante que lleva adherido a su sexualidad, algo que le torturará hasta extremos insufribles y que ese paisaje inclemente potenciará. Su tormento se agudizará cuando las tentaciones no sólo acechen, sino incluso le hagan sucumbir de nuevo en lo que él considera pernicioso: su propio deseo sexual. Eso le interesa mostrar a Rivero: cómo el personaje central debe enfrentarse a sus sombras y finalmente aceptarlas, pues forman parte de su naturaleza.

Para ello este cineasta que habló de inmortalidad en su anterior film, confía en los rasgos de Gallego, tan polvorientos y resecos de ilusión que por momentos recuerdan a esos Cristos sufridores que pueblan los altares cristianos y desfilan en Semana Santa. Pero Rivero no arremete contra religión alguna, sino que centra su relato en ese dolor que sufre su rol principal: un hombre silencioso y taciturno que va degradándose sin motivo real, pues esa culpa no deja de ser algo innecesario, inherente a una mala educación sexual.

En su empresa, el director de Pozoamargo no escatima primeros planos de órganos genitales ni el momento del ataque de un cerdo devorando una cara humana para, a base de fuertes sensaciones, hacernos sentir algo parecido al infierno que atormenta a Jesús, un hombre que se va alejando del mundo real, se comunica cada vez menos y se enroca en su huida hacia ninguna parte. El paisaje manchego, con sus duras texturas y una fotografía que muta del color al contrastado blanco y negro, completan un cuadro inquietante capaz de provocar tanto desasosiego como incomodidad.

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