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Sonita, la música como vía de escape

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- Lo ultimo de la iraní Rokhsareh Ghaem Maghami se ha estrenado a escala mundial en el festival internacional de cine documental de Amsterdam (IDFA)

Sonita, la música como vía de escape
Sonita Alizadeh en Sonita

Cuatro años después de Going up the Stairs, Rokhsareh Ghaem Maghami regresa al Festival Internacional del Documental de Amsterdam (IDFA), en la competición internacional de largometrajes, para presentar su último documental, Sonita [+lee también:
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, una coproducción entre Alemania, Suiza e Irán.

Sonita sigue la estela de su predecesora y propone el retrato de una mujer (o, mejor aún, de una niña), sofocada por una sociedad ultraconservadora que impone una homologación nefasta e insoportable. Akram pinta en silencio, dentro de una vida minuciosamente programada; la joven Sonita, en cambio, vive en su delirio de convertirse en una famosa rapera, bajo la luz del sol, a caballo entre la ingenuidad y el coraje. Si por un lado Going up the Stairs rescata la vida de su protagonista, Sonita nos muestra, por el contrario, una posible vía de fuga antes de que lo intolerable ocurra.

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Durante tres años Rokhsareh Ghaem Maghami, sigue a su protagonista, una joven refugiada afgana de dieciocho años que ha encontrado una especie de refugio en un centro social de Teherán dedicado a la infancia. Allí, en lo que parece un pequeño oasis a salvo del lejano caos que es su vida, Sonita profiere a gritos su rebeldía acompañada de las notas de sus composiciones de hip hop. Por ahora, su público se limita a las tres chicas que suelen acudir al centro, pero ¿qué importa? Sonita está acostumbrada a soñar, a escapar de sus traumas a través de la fantasía. Por una parte, está la realidad; por otra, los sueños en que refugiarse, hechos de collages grandiosos e ingenuos en que la música está omnipresente y los propios orígenes patas arriba. A través del documental de Rokhsareh Ghaem Maghami, nos damos cuenta de la importancia de la fantasía en cuanto espacio privilegiado en el que reposar la propia mente atormentada (en sentido tanto literal como figurado) por mil dudas y una infinita serie de preguntas que seguirán sin respuesta. 

Aunque en un primer momento, el documental transcurre de manera clásica, con la cámara que sigue a Sonita en sus desplazamientos cotidianos entre su casa y el centro social, la intimidad que la directora instaura progresivamente con su protagonista (ninguna voz en off sino frecuentes intercambios entre la directora y Sonita) hace que la cinta resbale por un plano peligroso e inesperado: ¿hasta qué punto puede tolerarse la intervención del director en la realidad que documenta? Esta es la pregunta que se insinúa cada vez más insistentemente en la película. En un primer tiempo, Rokhsareh Ghaem Maghami está presente sólo bajo la forma de la palabra pero, de repente, es su rostro el que aparece en la pantalla, filmado por Sonita. Una entrega del testigo simbólica que da cuenta de una “intrusión” quizá necesaria aunque en cierto modo discutible. Sin la intervención de la directora, efectivamente, no le quedarían a Sonita otras armas que los sueños y la tenacidad para evitar un matrimonio forzado, punto final de una historia a la que soñamos un final feliz.

Aunque una intrusión “camuflada” podría arruinar una película de intenciones indudablemente loables, la sinceridad de la directora, que no esconde su implicación directa en el destino de Sonita, convierte la película en algo extremadamente interesante y nos lleva a reflexionar sobre la difícil y delicada relación que se instaura entre el documentalista y la persona a la que filma. Más allá de la mayor o menor participación en este tipo de intrusión, Sonita explicita un dilema que afecta inevitablemente a cualquier documentalista que afronta una situación difícil y a veces desgarradora: ¿actuar con un raciocinio profesional o con una humanidad instintiva a pesar de los riesgos? Rokhsareh Ghaem Maghami responde a su manera, con una sinceridad que es imposible no compartir.

CAT&docs se ocupa de las ventas internacionales de la película.

(Traducción del italiano)

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