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GIJÓN 2015

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Ave y Nada: principio y fin

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- El tercer largometraje de Cristóbal Arteaga es una particular relectura de la génesis de la humanidad que, sin diálogos y apenas dos actores, se ha presentado en la sección Llendes

Ave y Nada: principio y fin
Antía Costas y Manu Polo en Ave y Nada

Hace un año, Cristóbal Arteaga no sólo ejercía de jurado en este Festival Internacional de Cine de Gijón (leer entrevista), sino que además presentaba su inédita ópera prima (Faro sin isla [+lee también:
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) a pesar de conocerse antes su segundo trabajo: El triste olor de la carne [+lee también:
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. Este chileno arraigado en España ya abordaba entonces asuntos como la soledad, la fe y los tormentos religiosos en una película donde la exuberante naturaleza de su amada tierra de adopción (Galicia) se convertía en algo que iba más allá del tópico “el paisaje como un personaje más”.

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De nuevo pues Arteaga sitúa en Ave y Nada [+lee también:
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 a sus dos únicos personajes enmarcados siempre por el entorno. Primero a Adán (Manu Polo), el primer humano sobre la faz de la Tierra. Como criatura primigenia, no tiene referentes, no sabe cómo despegarse, cómo caminar, cómo sobrevivir: tuvo que inventarlo todo, hasta el miedo. Ser pionero exige arriesgarse, lanzarse, sobrevivir y errar. Desnudo, deambula por un bosque frondoso donde empieza a dar rienda suelta a sus instintos, incluido el sexual (en modo onanista).

Tras una noche de sueños agitados, a la mañana siguiente descubre a una criatura, también desnuda, tumbada a su lado: Eva (Antía Costas). Tras el susto inicial, empezarán a conocerse (el olfato jugará un rol capital, como en los animales), a convivir, a amarse... y a odiarse. Según evolucionan (sic), estos Adán y Eva van desarrollando un lenguaje simbólico a base de pinturas y gráficos, desembocando en ídolos primitivos. Arteaga divide este periplo vital en estaciones climáticas, separadas por interludios que dejan la pantalla en negro, puntuada por diferentes músicas, desde un ritmo tribal hasta un moderno tema electrónico, pasando por melodías medievales, como un reflejo del avance de una humanidad que no para quieta, no siempre en el camino correcto.

Sin una línea de diálogo, la cinta nos hace partícipes de la experiencia física que viven sus intérpretes, quienes, a partir de un guión de apenas una decena de folios, han echado mano de la improvisación –algo habitual en la filmografía de Arteaga– para recrear ante la cámara uno de los mitos fundamentales de nuestra historia, aunque con un giro final que se distancia del bíblico. En general, para hacer de ese contacto directo con lo natural un elemento primordial de la propuesta, la cámara se mantiene lejos y, como los diálogos brillan por su ausencia, no existe el plano-contraplano. En las escenas de los sueños, el cineasta opta por proyectar sobre las figuras durmientes fotogramas de figuras inquietantes en movimiento, con sonidos igualmente indescifrables.

La película, presentada en la sección alternativa y libérrima Llendes de esta edición de excelente programación, se convierte así en una experiencia física partiendo de un tema metafísico. Con una penúltima secuencia rodada en la célebre Playa de las Catedrales, Ave y Nada se cierra con un travelling sobre un bosque desolado que sirve de contrapunto al otro que abrió el film, aquél sobre un paraíso de verdor: desconcertante ciclo que se cierra en este film producido por Deica Audiovisual.

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