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Doña Clara: la llama de la resistencia

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- CANNES 2016: La francesa SBS produce y vende la maravillosa película del brasileño Kleber Mendonça Filho, que pone un pedestal a la actriz Sonia Braga

Doña Clara: la llama de la resistencia
Sonia Braga en Doña Clara

Said Ben Said es un productor parisino enamorado de los grandes autores de todo el mundo y, a través de su empresa SBS, ha demostrado tener un olfato y una audacia dignas de elogio. Una muestra más es su asociación con el cineasta brasileño Kleber Mendonça Filho, antiguo crítico que ya dio que hablar con su primer largometraje, titulado Sonidos de barrio, para la realización de Doña Clara [+lee también:
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ficha del filme
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, pretendiente a la Palma de Oro del 69° festival de Cannes gracias a su extraordinaria riqueza, atractiva, profunda y ligera al mismo tiempo. La cinta es una crónica suntuosa sobre el paso del tiempo mediante el retrato sutil y multidimensional de una mujer carismática con alma de resistente (a la que da vida una excepcional Sonia Braga) y, a la vez, un análisis pormenorizado tanto de las derivas de una sociedad sin igualdad como la brasileña adonde los depredadores de negocios llegan enmascarados bajo la buena educación como, en mayor medida, de un mundo moderno en el que se plantea de manera crucial la cuestión de definir lo que significa la calidad de vida. Para redondear el regalo, tenemos una puesta en escena brillante y fluida que al servicio de una construcción narrativa ingeniosa con numerosas cualidades; entre ellas, una enorme elipsis temporal que es toda una llamada a la imaginación. Por último, está el decorado de Recife, la ciudad natal del cineasta, con su larga playa y el mar extendido hacia el horizonte, justo frente a la residencia Aquarius, donde la protagonista, Clara, vive desde siempre, meciendo así el realismo de una obra de perfume suave que aparece envuelta por una atmósfera musical cautivadora y distendida.

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Sin embargo, es la de un combate la historia de Clara, a la que descubrimos en la primera de las tres partes de Doña Clara, un prólogo coral de una noche en el año 1980 que arranca con los faros de un coche perforando la noche y trazando curvas sobre la arena antes de que sus ocupantes escuchen a todo volumen Another One Bites the Dust y se metan en una fiesta familiar en la que se celebra el cumpleaños de la Tía Lucia (cuyo recorrido fuera de todo lo común para la época en el mundo universitario del derecho y la literatura la llevó también a la casilla de la cárcel en los años 60). Una fiesta en la que todas las generaciones se mezclan de manera espontánea (tal será el caso a lo largo de toda la película) y en la que descubrimos que Clara, la nieta de Lucia, acaba de triunfar en su lucha contra una grave enfermedad, lo que explica el corte de pelo y el título del primer episodio, “el pelo de Clara”. Le sigue una fabulosa elipsis que nos lleva hasta el mismo lugar en la actualidad, con Clara ya sexagenaria nadando en el océano, practicando a solas tai-chi y danza, terapia colectiva a través de la risa en la playa, tirada en una hamaca en el balcón, saliendo de bares con sus viejas amigas, reuniéndose con su familia, cuidando de los pequeños y sobre todo echando mano de vinilos escogidos de entre su enorme colección; no en vano, ahora es una crítica musical jubilada. No obstante, poco a poco, una amenaza inédita se cierne en torno a esta viuda que todos aprecian como un auténtico polo de atracción con su carácter solar y veterano. La mujer se niega a vender su propiedad (por amor al lugar, ya que no tiene ningún problema financiero) a promotores inmobiliarios que ya se han apropiado y han vaciado el resto de la residencia. Además de enfrentarse a los problemas característicos de su edad, Clara se resistirá a los ataques en principio cautelosos y después a una guerra psicológica que derivará en algo aún peor.

Sueños y reminiscencias, deambulaciones y comunicación, tensión delicada en la cuerda de la carga dramática, finura del retrato sociológico: para el camino tolerante pero belicoso de su heroína, Kleber Mendonça Filho crea un ambiente embriagador que resulta encantador, que aborda multitud de temas, que presenta un ritmo cool de lo más adecuado y personal y que, a la postre, ofrece un mensaje “en una botella” que se ha saldado en la Croisette con una acogida apasionada y apasionante.

(Traducción del francés)

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