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SAN SEBASTIÁN 2016 Nuevos Directores

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Anishoara: adiós a un mundo moribundo

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- SAN SEBASTIÁN 2016: El primer largometraje de la moldava Ana-Felicia Scutelnicu compite por el premio de la sección Nuevos Directores en el certamen vasco

Anishoara: adiós a un mundo moribundo

La coproducción germano-moldava Anishoara [+lee también:
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, dirigida por la moldava Ana-Felicia Scutelnicu y seleccionada para competir en la sección Nuevos Directores del 64º festival internacional de cine de San Sebastián, es otra buena historia de crecimiento y superación proveniente de Europa oriental, como pudieron serlo The World Is Mine [+lee también:
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, de Nicolae Constantin Tănase, o la obra de Eliza Petkova Zhaleika [+lee también:
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. La historia de Anişoara (Ana Morari), una adolescente de quince años proveniente de un pequeño pueblo moldavo, rinde homenaje a un modo de vida moribundo al tiempo que celebra la belleza del paisaje local.

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Scutelnicu emplea mayormente un elenco de actores aficionados y un enfoque eminentemente observador para crear un microcosmos absorbente y entrañable. La primera escena de la película, en la que vemos a un actor (Andrei Sochircă) narrando un el mito de la aparición de una alondra sobre la faz de la Tierra, resulta tan premonitorio como atractivo y traza el camino del simbolismo de la historia, fácilmente traducible.

Anişoara vive con su hermano, Andrei (Andrei Morari), y el abuelo de ambos, Petru (Petru Roşcovan), en un pueblo de Moldavia en ruinas y sin nombre. Las tareas hogareñas cotidianas llenan su día. No cabe duda de que la familia es pobre pero tampoco falta alegría en su vida. Una escena en la que Anişoara recoge y devora sandías junto con otros lugareños resulta especialmente emocionante: el sol se está poniendo, una alegre trompeta suena de fondo y todo el mundo ríe con la boca rebosante de la dulzura de la fruta. Cuando el guapo Dragoş (Dragoş Scutelnicu) entra en escena, Anişoara cae rendida al instante, como por acto de un flechazo. Desde ese momento, sus días estarán repletos de intenciones y añoranza.

El guion de Scutelnicu divide el recorrido vital de Anişoara en cuatro partes correspondientes a las estaciones. Es un mundo de descubrimientos, tanto para la protagonista como para el público, pues la vida local se va mostrando poco a poco gracias al excelente trabajo de fotografía de Luciano Cervio, Cornelius Plache y Max Preiss y el impresionante diseño de sonido de Niklas Kammertöns. También es interesante la falta de dinero en este mundo: parece que los lugareños se las apañan con sus propios recursos (la cámara los captura trabajando su tierra a menudo), sin necesidad de intercambiar monedas. El hecho de que el único personaje que usa billetes es un turista alemán, Mr Schmidt (Willem Menne), no hace sino subrayar su carácter de intruso: una aberración en la vida sencilla de un pueblo aparentemente congelado en el tiempo.

La película de Scutelnicu comparte con Zhaleika (seleccionada en la Berlinale de este año y ganadora del máximo galardón en el festival internacional de cine de Sofía el pasado mes de marzo) cierto aspecto social acerca de la región que retrata: estamos ante un mundo sin adultos. La guerra contra la pobreza obliga a los adultos capaces a abandonar a sus familias y ganarse su sustento en otros países, dejando que habiten los pueblos solamente niños y ancianos. En este contexto, la fascinación de Anişoara por el apuesto Dragoş se entiende a la perfección, pues la protagonista necesita cambiar de escenario, lo que conlleva un mensaje ominoso: al cabo de una generación, el pueblo pintoresco podría quedar totalmente desierto. 

Anishoara, en ocasiones, peca de lentitud y algunas secuencias podrían haberse omitido perfectamente del corte final, lo que no quita que Scutelnicu muestre una gran destreza a la hora de atrapar a su público en su mundo encantador: un mundo poco familiar para la mayoría del público festivalero pero que poco a poco y sin remedio va desapareciendo. Bendigámoslo mientras dure.

(Traducción del inglés)

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