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Porto: la memoria del amor

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- SAN SEBASTIÁN 2016: La melancólica mirada de Gabe Klinger descompone y recompone un romance vivido entre dos extranjeros en la ciudad portuguesa a través de vivos artefactos cinematográficos

Porto: la memoria del amor
Lucie Lucas y Anton Yelchin en Porto

¿Cómo retratar la experiencia de un romance ya pasado, que solo existe en los recuerdos? ¿Tiene el propio amor una memoria? La historia de dos extranjeros –ella, francesa, y él, americano– que tuvieron un romance en un tiempo indeterminado del pasado le sirve al director brasileiro, Gabe Klinger, afincado en los Estados Unidos para edificar Porto [+lee también:
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, su primera película de ficción tras su premiado documental sobre cine Double Play: James Benning and Richard Linklater, del 2013, y competidora en la sección Nuev@s Director@s en el 64° Festival de San Sebastián. La ciudad portuguesa fue, así, la elegida para que el director, escritor y profesor de cine llevase a cabo esta producción en el Viejo Continente, quizá tan deudor su pasado como esta pareja que un día vivió un corto pero potente idilio.

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Jake (el reciente y tristemente fallecido norteamericano Anton Yelchin) y Mati (la francesa Lucie Lucas) se ven en un lugar de excavación arqueológica; luego, se encuentran en una taberna; y más tarde deciden tener una cita en un tranquilo bar. Las calles de Oporto, precioso y singular punto clave de la cultura portuguesa, rodean sus encuentros, llevándolos de la mano, hacia el futuro. Es desde ese futuro desde donde observamos la historia. Jake ya ha envejecido y sigue rondando la ciudad cual vagabundo desorientado, y Mati ha rehecho su vida (alrededor de ella sí hay personajes, como la pareja inicial, Paulo Calatré, o su madre, encarnada por la mítica Françoise Lebrun). Y entre un lugar y otro, entre el pasado y el presente, saltan sus recuerdos para intentar evocar, revivir o incluso comprender lo que se apoderó de ellos en tal momento.

Porto es una película en la que, rápidamente, la forma deviene el fondo. Sin que la progresión argumental sea lo más importante de la película, las llamativas decisiones narrativas, que descomponen y recomponen la película de manera sorprendente, llevan el ritmo. Aunque dividida en tres partes (Jake, Mati y Mati and Jake), la cinta es un continuo salto temporal, reforzado a través de los diferentes formatos utilizados: el cuadrado, con un grano muy marcado, para el presente, y el panorámico, más nítido y convencional, para el pasado. Algo que parece apelar a la manera en que pensamos en las historias de las que ya nos distanciamos, como si fuesen una película que nos ponen en una pantalla. Klinger también introduce en pasajes de las historias individuales imágenes en Super 8 (rodadas por los mismos actores), texturas de cine mudo y timelapses, para, otra vez, reflejar el paso del tiempo, que vuelve a mostrarse como crucial cuando al retratar el encuentro entre ambos, las frases exactas varían dependiendo de quién esté recordándolo.

El amor, parece decirnos Klinger, es lo único que ensambla los diferentes tiempos, aunque no sea de manera racional, ni perfecta, ni precisa. Porto habla de ello como potencia mística, que mantiene en pie algo tan etéreo e intangible como un posible retrato de un recuerdo. Y lo hace envuelta en una calma y evocadora música de jazz, tan potente como melancólico.

Dejamos para el final que Jim Jarmusch ha sido el productor ejecutivo de la película, y que Chantal Akerman colaboró en su creación (aunque su contribución no aparezca directamente en el resultado final de la película), para que algo tan genial no pese demasiado sobre la percepción de un título con valor inestimable ya de por sí, probablemente fruto del gran conocimiento (y amor) de Klinger hacia el séptimo arte.

Porto es una coproducción entre Portugal (Bando à Parte), Francia (Gladys Glover), Polonia (Madants) y los Estados Unidos (Double Play Films), vendida al extranjero por New Europe Film Sales.

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