Gastón Solnicki • Director de The Souffleur
"Creo que hay que apostar alto, sobre todo cuando somos jóvenes"
por Savina Petkova
- VENECIA 2025: El director argentino afincado en Viena habla sobre su nueva oda a la ciudad austriaca y sobre trabajar con Willem Dafoe

Después de 30 años como gerente del Hotel Intercontinental en Viena, Lucius (Willem Dafoe) se entera de que el edificio ha sido vendido a un promotor argentino, Facundo Ordoñez, que pretende demolerlo. El director argentino afincado en Viena Gastón Solnicki (A Little Love Package) interpreta en su nueva película a Ordoñez, cuya sombra se cierne sobre Lucius, que anhela desesperadamente conservar un mundo, una época, una era que se desvanece. Con motivo del estreno de The Souffleur en la sección Orizzonti de Venecia, hemos hablado con Solnicki para tratar de desentrañar los nudos de su lenguaje cinematográfico intuitivo.
Cineuropa: Has dicho que, en lugar de desarrollar las ideas hasta convertirlas en un relato, las abandonas después de que te hayan dado un impulso inicial. Este enfoque intuitivo y expansivo de la narración me hace pensar en los pliegues de una tela. ¿Dirías que las cosas y los personajes se pliegan en tus “narrativas” poco convencionales?
Gastón Solnicki: ¡Me gusta cómo suena! De hecho, el cine y los textiles tienen una larga historia compartida: la máquina de coser proporcionó un mecanismo para sujetar las tiras de película. También me gusta pensarlo como un tejido cinematográfico. En América Latina hay culturas que utilizan los textiles como una forma de escritura, para llevar la cuenta de las aves, de los muertos, de las cosechas… El pliegue también es una buena metáfora porque en el póker significa abandonar la mano. Yo no soy buen jugador de póker, pero mi abuelo sí lo era. Creo que hay que apostar alto, sobre todo cuando somos jóvenes. Tenemos que ser realmente valientes e ir con todo siempre que podamos. También es importante tenerlo presente cuando improvisas: cuando tienes un guion a prueba de balas, deberías poder plegar.
¿Puedes poner un ejemplo de ese tipo de pliegue, quizá en relación con The Souffleur?
Uno se ve obligado a retirarse todo el tiempo. A veces inviertes una parte importante de tus recursos o de tu tiempo en algo que quizá no funcione, y simplemente tienes que dejarlo ir. Willem (Dafoe) estaba muy dispuesto a trabajar así conmigo, pero llegó un momento en que me preguntó: “Gastí, ¡no pretenderás que saque un conejo del sombrero todos los días!”. Y yo le dije: “Willem, ¿cuál crees que es nuestro trabajo?”. Estoy muy abierto al azar, a la improvisación, ¡y él también! De hecho, para él era la forma más alta de concentración, un testimonio de cuánto cree en los artistas y en las posibilidades de su oficio. Lo conocí una vez cuando yo era muy joven, en Buenos Aires, y me había dicho cosas que solo ahora estoy empezando a recordar. Debió de causarme un gran impacto como estudiante, al decirme algo como “No me importan estas ideas”. Y a mí tampoco.
Quizá de forma sorprendente, tu película no trata el Hotel Intercontinental como un personaje principal. Hay muchas escenas que tienen lugar en el parque cercano, en pistas de tenis, sin ninguna noción de centro y periferia. ¿Cómo lograste ese equilibrio en la práctica?
Mis películas no proponen una lógica narrativa al público para que puedan ser comprendidas o aceptadas. Más bien es lo contrario: la película te pide que unas los puntos a tu manera. En ese sentido, siempre intento comprender esta idea, citando a John Cage, de que lo que estamos haciendo es tratar de entender lo que estamos haciendo, lo cual no es una metáfora. El montaje es el momento y el lugar en el que la escritura sucede de verdad, al menos en mis películas. Así que, en ese sentido, las cosas y las escenas no se filman en un lugar determinado porque estén cumpliendo una función concreta, sino porque, de algún modo, volviendo a la metáfora del tejido, pueden producir una especie de epifanía.
¿A qué te refieres?
A cosas que contienen en sí mismas algo atemporal, adopten la forma que adopten, narrativa o no. Esta epifanía puede venir del color o del sonido; puede surgir de elementos inesperados que, cuando se ponen juntos de una manera que funciona, parecen atemporales. La película transcurre en Viena, pero no pretendo que la gente que conoce la ciudad esté pensando: “Ay, ¿por qué ahora estamos en el Primer [distrito] si veníamos del Quinto?”. Me gusta ofrecer al público elementos con los que tropezar y acompañarlo mientras establece sus propias conexiones, sin obstaculizar su camino.
(Traducción del inglés)
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