Danielle Arbid • Directora de Only Rebels Win
"Esta película tuvo que resistir para existir"
por Ana Stanic
- BERLINALE 2026: Hablamos con la cineasta francolibanesa sobre la ira y la resistencia, así como el cásting de la película y por qué hoy en día la intimidad tiene algo de radical

Danielle Arbid presenta su nuevo largometraje, Only Rebels Win [+lee también:
crítica
entrevista: Danielle Arbid
ficha de la película], en la sección Panorama de la Berlinale, situando una historia de amor intergeneracional en el corazón de un Beirut fracturado. Hablamos con la cineasta francolibanesa sobre la rabia, la resistencia, el proceso de casting y por qué la intimidad hoy resulta radical.
Cineuropa: La película narra una historia de amor, pero la política está presente en cada detalle. ¿Cuál fue tu motivación inicial?
Danielle Arbid: Estaba muy enfadada. Enfadada por el racismo, por el trato a las personas refugiadas, por cómo se espera que las mujeres desaparezcan a medida que envejecen. Siento que todas mis películas son una forma de revolución. Esta vez quería contar la historia de alguien que vive dentro de un mundo injusto. No se trata solo del Líbano; Occidente también se está volviendo cada vez más intolerante y reaccionario. Vivimos tiempos oscuros. La película habla de ser atacado por lo que eres: negro, palestino, mayor, joven, pobre, enamorado… Esto ocurre en todas partes.
La historia de amor se articula en torno a una diferencia de edad de 40 años, algo que parece radical. ¿Por qué era importante para ti?
No era una provocación; surgió de esa sensación de injusticia en todos los niveles. A las mujeres se les dice que, a partir de cierta edad, deberían desaparecer. Yo quería defender la idea de que una mujer de 70 años puede enamorarse de un hombre de 30. Nada lo impide. El amor se convierte en un acto de desafío. Suzanne y Osmane son dos personas heridas que luchan contra la sociedad, y juntos son más fuertes que por separado.
Tu reparto en sí mismo es un gesto político.
Hiam Abbass estaba en mi cabeza desde el principio. Nos conocimos en 1998, cuando actuó en mi primer cortometraje, y desde entonces siempre hablamos de hacer un largometraje juntas. Al escribir esta historia, pensé inmediatamente en Hiam. Tiene dignidad y coraje, y me inspiró mientras reescribía el guion. Confiamos profundamente la una en la otra.
Amine Benrachid es un hombre sudaneschadiano que llegó a Francia como refugiado hace unos años, tras atravesar Libia y llegar en barco. Reconstruyó su vida en circunstancias difíciles. En él hay una madurez que proviene de la experiencia. La conexión con Hiam surgió de forma natural desde el inicio.
El reparto incluye también a Alexandre Paulikevitch, que interpreta a Layal. Es activista político y bailarine, y ha desafiado públicamente a líderes religiosos cristianos y musulmanes. Hace pocos meses recibió amenazas de muerte tras presentarse de manera extravagante como mujer. Para mí era importante que la película incluyera a personas que viven esta lucha en la vida real. La comunidad que aparece no es simbólica: existe.
La retroproyección se convierte en un elemento central en la estética de la película. ¿Cómo llegaste a esta idea?
Íbamos a rodar en Beirut, pero Israel empezó a bombardear el Líbano y ninguna aseguradora quiso cubrirnos. Me sugirieron trasladar la película a Francia, pero me negué porque quería mantener Beirut en ella. Filmamos cada localización vacía con un equipo libanés mientras yo dirigía a distancia desde París por Zoom. Después proyectamos esas imágenes en un plató en Francia y rodamos a los actores delante de ellas, trabajando con la directora de fotografía Céline Bozon para que el proceso pareciera orgánico. Fue una manera de que el país existiera aunque fuera imposible filmar allí. La retroproyección pasó a formar parte del sentido de la película. La película tuvo que resistir para poder existir.
Mencionas abiertamente a Douglas Sirk y a Fassbinder. ¿Abordaste la película como un melodrama en esa línea?
Sí. Creo en el melodrama como una manera de confrontar la injusticia. Esas películas buscan equidad y empatía. Hoy más que nunca necesitamos eso. El amor puede ser ingenuo, pero también poderoso. Puede hacer que la gente se ponga en pie.
La comunidad que retratas podría existir en muchas ciudades occidentales. ¿Hasta qué punto eso refleja el Líbano de hoy?
El Líbano es muy diverso. Es un laboratorio de contradicciones. Hay hostilidad, pero también comunidades fuertes construidas sobre la solidaridad. Lo que se ve en la película existe. Al mismo tiempo, esas tensiones también son visibles en muchas sociedades occidentales. No quería hacer una película vengativa; en cierto modo, también se trataba de calmar mi rabia y encontrar una forma de consuelo.
(Traducción del inglés)
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