Alain Gomis • Director de Dao
"Una película puede ser atractiva sin tener necesidad de esta dramaturgia algo caricaturesca que se nos obliga un poco a crear"
por Fabien Lemercier
- BERLINALE 2026: El director francosenegalés habla sobre su película muy poco narrativa, a caballo entre Guinea-Bisáu y Francia

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ficha de la película], presentada en la competición oficial de la 76.ª Berlinale, es el sexto largometraje del cineasta francosenegalés Alain Gomis y su nueva película de ficción tras Félicité [+lee también:
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ficha de la película] (Gran Premio del jurado en la Berlinale de 2017).
Cineuropa: ¿Cómo surgió la idea de una película tan poco narrativa como Dao, con sus idas y venidas entre Guinea-Bisáu y Francia?
Alain Gomis: Asistí a la ceremonia en honor a mi difunto padre y tenía muchas ganas de hacer algo con ello. Luego me encontré en una boda en Francia y pensé que ambos acontecimientos podían encajar. Decía algo sobre estas familias repartidas por varios continentes. También había una idea más amplia de los ciclos, de la renovación generacional, de la cuestión de lo que transmitimos. Además, quería retratar a la segunda generación de inmigrantes, cómo construyeron sus vidas, como si hubiera sido una hazaña, una gran sorpresa ser adulto, tener hijos ya crecidos. Había muchos elementos. Al principio iba a ser una película pequeña que, sobre la marcha, se convirtió en algo parecido a un fresco.
¿Qué te impulsó a realizar una obra de ficción con un estilo que roza el documental?
A lo largo de mi carrera como cineasta, he descubierto cómo entrelazar movimientos que no son necesariamente narrativos. Hay muchos pequeños hilos entretejidos en la película, elementos o personajes recurrentes, narrativas secundarias y terciarias menores, etc. Es, en cierto modo, la etapa final de un experimento. Una película puede ser cautivadora sin tener que recurrir necesariamente a ese tipo de dramaturgia ligeramente caricaturesca que a menudo nos vemos obligados a crear. En cuanto se dispone de elementos diversos y de muchos pequeños detalles, se pueden crear rompecabezas, mosaicos y cosas en movimiento. Pero concebí esta película como una película de gran público, no como una película para la contemplación.
¿Qué hay de los castings que has integrado en la película?
Quería una película muy abierta, una película que pudiéramos hacer juntos. Cuando me di cuenta de la magnitud del proyecto —es decir, que tenía que escribir para hombres, mujeres, niños, personas mayores, jóvenes, etc.—, me pareció imposible. Quería escuchar a estas personas, partir de ellas, preguntarnos qué queríamos decir y mostrar. Sentí que la película podía ser una especie de ficción colectiva, consciente de decir: esto es lo que queremos mostrar de nosotros mismos; como si estuviéramos recuperando el control. Siempre he trabajado con actores profesionales y no profesionales, y siempre me ha impresionado mucho la capacidad de estos últimos para sumergirse en la ficción. Es como si eso les permitiera explorar cosas que no necesariamente pueden explorar en la vida cotidiana. En la película, a veces hay un hijo y su verdadero padre que pueden decirse cosas que no pueden decirse en la vida real. O a veces no es su verdadero padre, y el hijo también aprovecha la ocasión para expresarse…
¿Cómo querías abordar el paralelismo entre la ceremonia fúnebre en Guinea-Bisáu y la boda en Francia?
Ambas ceremonias son igual de antiguas. Lo que me gusta de la tradición es cómo nos la reapropiamos, cómo la reinventamos en el presente, cómo nos sentimos dentro de esa representación de la tradición. Inscribimos estos dos momentos en la vida de nuestros hijos, sobrinos, sobrinas, etc. Son marcadores culturales con los que jugamos, dos formas gemelas de identificarnos colectivamente en un acto simbólico que marca algo.
¿Cuál fue tu línea directriz para evitar caer en un cine etnográfico en Guinea-Bisáu?
Simplemente restituir las cosas tal y como son, es decir, vivas, como si nos diéramos un pasado común en el presente, devolviendo su modernidad a un mito que se construye en el aquí y el ahora, en lugar de respetar una especie de imagen fija del pasado.
La película se asemeja a una pieza de jazz con muchas pequeñas improvisaciones en torno a una línea melódica.
Así es exactamente como sucedió en el plató. Había un guion, pero se desbordó por completo con muchas escenas que no estaban escritas. Aunque el rodaje solo duró 20 días, hubo muchas tomas. Para intentar que todo encajara, primero tuvimos que escucharnos mucho unos a otros con el fin de adaptarnos e improvisar. Es a la vez mi película más y menos personal, porque constituye verdaderamente un trabajo colectivo. Mostré a los participantes algunos montajes porque quería que se sintieran cómodos.
(Traducción del francés)
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