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BERLINALE 2026 Perpectives

Manon Coubia • Directora de Forêt Ivre

"Todo empezó con un lugar que tenía ganas de contar"

por 

- BERLINALE 2026: La directora bruselense habla sobre su primer largometraje de ficción, rodado a lo largo de las estaciones con un pequeño equipo en un refugio de montaña

Manon Coubia • Directora de Forêt Ivre
(© 2026 Dario Caruso para Cineuropa - dario-caruso.fr, @studio.photo.dar, Dario Caruso)

La cineasta bruselense Manon Coubia vuelve a explorar la frontera entre documental y ficción en su primer largometraje, Forêt Ivre [+lee también:
crítica
entrevista: Manon Coubia
ficha de la película
]
, rodado en condiciones sencillas a lo largo de las estaciones, por medio de un equipo reducido en un refugio de montaña donde se desarrollan tres historias que giran en torno a tres mujeres —guardianas del lugar—, enfrentadas cada una de ellas a una soledad que han elegido de manera voluntaria. La película se ha estrenado a nivel mundial en la sección Perspectives de la 76.ª Berlinale.

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Cineuropa: ¿Cuáles son los orígenes del proyecto?
Manon Coubia: Es un lugar cuya historia sentía la necesidad de contar. Quería filmar este refugio que me es cercano, que conozco desde hace diez años, y además pasé mi infancia en esa región. Yo misma lo he custodiado, de forma puntual, durante la temporada de verano. Tomaba notas mientras lo cuidaba. Luego conocí a las actrices a través de otros proyectos y pensé: “Me gustaría mucho llevarlas al refugio”. La ventaja del formato de las producciones ligeras es que se prestaba a la idea de hacer una película a largo plazo, al margen de cualquier presión de la producción tradicional.

Existe una tensión entre un lugar muy real y tres personajes ficticios, como si el propio espacio generara la narración.
En primer lugar, están las historias que traen consigo las personas que pasan por el lugar. Al menos en las dos primeras narraciones, el refugio permanecía abierto a senderistas y a encuentros fortuitos. Sus historias venían a irrumpir en las de las guardianas. Para cada personaje habíamos imaginado un perfil y esbozado posibilidades en función de los tipos de encuentros que pudieran surgir. Intentamos anticipar el territorio emocional que cada personaje exploraría. Sabía que quería una escena de lluvia, un momento de inquietud ante el cambio de las condiciones meteorológicas. Al final, todo se desarrolló de forma bastante natural, a pesar de la improvisación en el corazón del proyecto. Era un rodaje muy pequeño —éramos ocho personas—, así que la actriz que interpretaba a la guardiana era la guardiana real, y las fronteras eran muy porosas. Los turistas aceptaron con mucha generosidad formar parte de nuestra historia; todos dijeron que sí, fue algo casi mágico. Al fin y al cabo, éramos como ellos: dormíamos en dormitorios compartidos y compartíamos los espacios comunes. La tercera historia, en cambio, está claramente guionizada; la iluminamos de forma distinta, cambiamos la gramática visual e introducimos el plano-contraplano, aunque seguimos manteniendo la dimensión documental de las dos primeras.

¿Cómo elegiste a estos tres personajes, que simbolizan tres momentos de la vida?
Había un fuerte deseo de explorar tres formas de soledad en momentos clave de la vida; de ver cómo cada una de ellas negocia esa experiencia. Me parecía importante —aunque solo fuera de forma sugerida— apuntar a sus orígenes sociales, entender cómo ocupan su tiempo y cómo se relacionan con los demás. Al final, encontramos a un personaje que ha elegido el retiro, alguien que tenía los medios para cambiar su vida, mientras que las dos primeras son más bien trabajadoras temporales. Quería que la forma en que cada una habita su soledad reflejara su personalidad. Una de las decisiones más audaces de la última historia es que, durante quince minutos, solo hay silencio: simplemente observamos a alguien habitando su soledad. No hay los mismos gestos de ansiedad que en las dos primeras guardianas. Trabajando en el refugio conocí a muchas mujeres que eligen y asumen plenamente estar solas, algo que a menudo se cuestiona. Y, de hecho, muchas veces por otras mujeres. Hay juicio, mientras que a un hombre solitario que se retira a un refugio rara vez se le juzga de la misma manera.

Estas tres mujeres están solas, pero a la vez acompañadas por la casa y la montaña.
Existe una atracción hacia esa zona liminar: el bosque al pie de la montaña. Un lugar que en sí mismo es un refugio, que contiene el pasado; la infancia del primer personaje, especies desaparecidas y soldados que se escondieron allí durante la guerra. Un bosque que es a la vez físico y simbólico. Y luego está la pared escarpada de la montaña: imponente, a veces amenazante. Situamos a los tres personajes en tres relaciones muy diferentes con el paisaje. La primera apenas lo mira ya; nació allí y lo conoce de toda la vida. También la mantiene cautiva. Tiene muy poca relación directa con el entorno; no se sienta frente a la naturaleza, a diferencia de las otras dos, cuya relación es más contemplativa. Por ello, el encuadre también es distinto. De hecho, hay muy pocos planos abiertos del paisaje en la película; el acantilado aparece sobre todo fragmentado, y solo al final lo vemos en su totalidad.

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(Traducción del francés)

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