Radu Jude • Director de Le Journal d'une femme de chambre
"El sistema de desigualdades entre Occidente y Oriente está tan bien implantado que no hace falta ser un pervertido para participar en la explotación"
por Mariana Hristova
- El prolífico cineasta rumano se define como un punto intermedio entre géneros creativos y entre Europa Oriental y Occidental, al rodar por primera vez una película rumana en Francia

Nos reunimos con Radu Jude en la Filmoteca de Catalunya, que le dedica una retrospectiva (del 3 de junio al 17 de julio) y lo ensalza como "el cineasta de nuestro tiempo", una definición de la que él se muestra escéptico. Compartió con nosotros sus sensaciones acerca de ser objeto de un homenaje, así como las ideas y los elementos transculturales detrás de su última y poliédrica película, Le Journal d'une femme de chambre, que se presentó recientemente en la Quincena de los Cineastas del Festival de Cannes.
Cineuropa: Ya has amasado una filmografía considerable, pero ¿cómo te sientes al tener retrospectivas antes incluso de cumplir los 50?
Radu Jude: Estoy tan ocupado trabajando en mi nueva película Love Diptych [ver la noticia] que no tengo tiempo de pensar en ello. Sin embargo, el año pasado tuve una retrospectiva más grande en el Centre Pompidou y, sinceramente, me sentía avergonzado. No creo merecerlo, pero ese es problema de los comisarios y programadores.
Hablemos de Le Journal d'une femme de chambre. ¿Por qué decidiste desplazar el acoso sexual, elemento central en la novela de Octave Mirbeau y en la adaptación de Buñuel, a una capa metanarrativa?
Esa fue la idea desde el principio, porque quería poner el foco en la dimensión social. Soy muy sensible a estas historias de migración y de niños que se quedan atrás mientras sus padres trabajan en el extranjero y solo pueden comunicarse a través de Internet.
Al mismo tiempo, quería mostrar otro tipo de explotación, que no es tan espectacular ni perversa como en el libro. Mi objetivo era construir un relato contemporáneo remitiendo a una historia de hace 125 años. La propia adaptación es una especie de juego de montaje. Ya hice algo parecido en No esperes demasiado del fin del mundo, donde una película antigua entra en diálogo con otra nueva. Aquí es más o menos lo mismo: una historia diferente sobre una empleada doméstica en Francia, nada espectacular, nada perverso, nada extremo. La parte morbosa se mantiene en la obra de teatro, donde el personaje hace apartes al público, pero solo de palabra. Se produce un choque entre distintas formas de explotación.
El fenómeno de los llamados "Skype kids", extendido por toda Europa del Este, apenas se ha explorado en el cine. ¿Por qué era importante para ti abordarlo?
Tengo hijos y es un tema que me toca de cerca. El veinticinco por ciento de los rumanos trabaja en el extranjero, incluida parte de mi familia, que vive aquí, en España. Las historias de niños abandonados están por todas partes: en conversaciones informales, en los medios. Quizá ha sido el principal problema social en nuestros países durante los últimos 20 años.
Me impactaron los casos de niños que se suicidaban porque echaban de menos a sus padres e introduje este elemento en el guion. De hecho, el drama de la película no sucede en Francia, sino en Rumanía, a través de una videollamada.
Otro aspecto interesante es que te invitaron a hacer una película en Francia, pero te salió muy rumana. ¿Cómo ha ocurrido?
El productor Saïd Ben Saïd me invitó a hacer una película ambientada en Francia. Al principio dudé, no sabía qué podía hacer allí, hasta que recordé una idea que me acompañaba desde hacía mucho tiempo. A él le gustó el tema, así que escribí el guion y llevé a cabo la investigación mientras se financiaba el proyecto. No podía hacer una película sobre Francia o sobre los franceses, porque no vivo allí, pero la migración es un asunto que nos atañe a todos.
También es una cuestión de qué significa ser rumano hoy en día. Vivimos por toda Europa y por todo el mundo. Así que me situé en un punto intermedio: entre Rumanía y Francia, entre la literatura, el teatro y el cine, y entre el pasado y el presente. Reunir todas esas cosas era la idea principal de la película.
La paradoja es que has hecho una película irónica sobre la gauche caviar francesa con financiación del Estado francés, concedida a través de políticas culturales de izquierdas. ¿Fue algo intencionado?
Ni siquiera estaba seguro de si era pertinente, porque no conozco muy bien la sociedad francesa y no tenía un coguionista francés. Pero cuando la estrenamos en Cannes, la gente se rió mucho. La idea no es retratar a los personajes como malos o ridículos. El sistema de desigualdades entre Occidente y Oriente está tan bien implantado que no hace falta ser un pervertido para participar en la explotación. Ahora, en Rumanía, tenemos migrantes que llegan de Sri Lanka, Bangladesh y Asia Central. De repente, puedes ver a rumanos explotando a otros. Es un mecanismo. Intenté describirlo con un tono desenfadado y evitar presentar a estas personas como seres horribles o necesariamente hipócritas. Forman parte de una construcción mayor que genera situaciones contradictorias, pero eso no significa que los implicados actúen de mala fe.
(Traducción del inglés)
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