Nader Saeivar • Director de Hijamat
“No me interesaba juzgar; quería observar cómo los mecanismos siguen moldeando la vida de las personas”
por Ana Stanic
- El cineasta habla de su última película, centrada en una familia y una comunidad musulmana tradicionales cuyo mundo se tambalea cuando descubren que uno de sus jóvenes miembros es gay

El cineasta de origen iraní y afincado en Berlín Nader Saeivar se ha sentado a hablar con nosotros sobre su nueva película, Hijamat, que ha sido presentada en la competición oficial del 60.º Festival de Karlovy Vary.
Cineuropa: Hijamat reúne a las comunidades turca, árabe y alemana de Berlín. La propia ciudad casi parece otro personaje de la película.
Nader Saeivar: Yo mismo soy iraní de origen turco, así que conocía muy bien esta comunidad antes de hacer la película. No tuve que investigarla. Pero cuando me mudé a Berlín, descubrí otra dimensión. Lo que me fascinó fue que la ciudad no me parecía alemana. Me parecía que allí se había reunido el mundo entero. Quería contar una historia arraigada en personas que conozco y, al mismo tiempo, reunir a las distintas comunidades que conviven en Berlín. A través de unos amigos turcos con los que había trabajado en Irán, estreché también mi relación con las comunidades turca y árabe de aquí. Esas relaciones me permitieron construir el mundo de la película desde dentro, en lugar de contemplarlo como un extraño.
Hay una frase que se me quedó grabada mucho después de terminar la proyección. Leyla le dice a Karim: “No es difícil matar una parte de ti mismo”. De distintas maneras, parece que casi todos los personajes están haciendo exactamente eso.
Todo el mundo carga con su propio dolor. La felicidad perfecta no existe en ningún lugar. Pero, si observas con suficiente atención, te das cuenta de que las raíces de nuestro sufrimiento son muy parecidas. Cuando las personas comparten esas penas, empiezan a reconocerse unas en otras. Por eso Margot puede querer a Murat casi como si fuera su propio hijo. Sus orígenes son completamente diferentes, pero el sufrimiento no entiende de nacionalidades. A veces el color de nuestra piel es distinto, pero el color de nuestro dolor es exactamente el mismo.
La película nunca da la sensación de intentar representar a una comunidad. Simplemente parece una historia vivida desde dentro. Incluso el reparto transmite esa autenticidad.
Eso era fundamental para mí. Quería actores que pertenecieran realmente a esas comunidades, porque el público percibe inmediatamente cuándo algo resulta auténtico. Si esas palabras las pronuncia alguien que lleva esa cultura dentro de sí, la gente las cree de otra manera. Para la parte alemana de la historia trabajé estrechamente con el cineasta Behrooz Karamizade, que nació y creció en Alemania, hijo de padres iraníes. Me ayudó a dar forma a los diálogos y a los matices emocionales. La autenticidad no consiste únicamente en el idioma. Tiene que ver con que la gente crea en el mundo que está contemplando. Nastassja Kinski también pasó a formar parte de esa idea. Para mí, representa cierta memoria de Europa, su belleza y su seguridad en sí misma, y quería incorporar esa presencia a la película.
Tu puesta en escena parece estar completamente al servicio de los personajes. ¿Hasta qué punto tienen libertad para dar forma al mundo que los rodea?
Todo comienza con el personaje. La puesta en escena, los movimientos de cámara, incluso el diseño de producción: todo surge de quiénes son. Yo solo hago aquello que el personaje me permite hacer. Si el personaje no experimenta algo, el público tampoco debería hacerlo. El primer día le dije a mi director de fotografía que no iba a decirle hacia dónde debía moverse. Eso lo decidiría el actor. Allí donde vaya el actor, la cámara puede seguirlo. Allí donde el actor no vaya, la cámara no tiene derecho a ir. El mismo principio se aplica a todos los departamentos. Murat nos dice cómo es su mundo. Yo no.
Una de las cosas más aterradoras del imán es que rara vez se muestra abiertamente violento. Manipula a través de la certeza, la confianza y la promesa de proteger a la familia.
Así es exactamente como funcionan estas estructuras. Viví cincuenta años bajo una dictadura religiosa en Irán. Sé cómo funciona el poder dentro de esos sistemas, cómo circula el dinero y cómo se controla a las personas sin que estas siempre sean conscientes de ello. Incluso cuando la gente abandona ese entorno, esas estructuras no desaparecen de la noche a la mañana. Se las llevan consigo. No me interesaba juzgar a nadie. Quería observar cómo esos mecanismos siguen condicionando la vida de las personas.
A pesar de toda la tensión que rodea a Karim y Murat, uno de los momentos más felices de la película es, sencillamente, el de los dos hermanos recorriendo Berlín en coche y riendo como niños otra vez. Casi parece que, durante unos minutos, se les permite existir sin las expectativas de los demás.
Quizá la película también hable del lado femenino de los hombres. Pero, sin duda, habla de libertad. Cada personaje busca un lugar en el que pueda ser simplemente él mismo. A veces lo encuentra solo durante unos instantes, antes de que la realidad vuelva a alcanzarlo.
Jafar Panahi figura como productor y montador de Hijamat. ¿Qué es lo que más se te ha quedado de todos estos años trabajando junto a él?
Antes de conocer a Jafar, había dirigido varias series de televisión. Pensaba que sabía hacer cine. Entonces le conocí y me di cuenta de que no sabía nada de cine. Llevamos muchos años trabajando juntos. Mientras yo hacía mis propias películas y le ayudaba en las suyas, él me enseñó todo. Además, es un profesor increíblemente exigente. En todos los años que hemos trabajado juntos, no creo que haya visto nunca una de mis películas y se haya limitado a decir: “Está bien”. Normalmente dice: “Ha sido terrible”. Luego se sienta a mi lado y empieza a ayudarme a mejorarla.
(Traducción del inglés)
¿Te ha gustado este artículo? Suscríbete a nuestra newsletter y recibe más artículos como este directamente en tu email.
















