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LOCARNO 2026 Competición

Cristóbal León y Joaquín Cociña • Directores de Princesa burro

Princesa burro nace precisamente de ese encuentro entre lo extraño, lo deformado y lo profundamente pop y reconocible”

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- El dúo de directores habla de adentrarse en el territorio de los cuentos de hadas, los mitos y el inconsciente, mezclando imagen real, animación y una imaginación arraigada en la cultura popular chilena

Cristóbal León y Joaquín Cociña • Directores de Princesa burro
(© Locarno Film Festival/Ti-Press)

Los directores chilenos Cristóbal León y Joaquín Cociña hablan de su última película Princesa burro, presentada en la Competición Internacional del Festival de Locarno.

Cineuropa: La película tiene una dimensión que puede leerse como feminista, pero al mismo tiempo mantiene una relación muy compleja con la tradición de los cuentos de hadas. ¿Cómo trabajasteis alrededor de esa idea?
Cristóbal León y Joaquín Cociña: Nuestros procesos son muy poco lineales. Siempre nos resulta muy difícil trazar una ruta precisa y decir de dónde surgió una idea, porque normalmente surge de muchas partes al mismo tiempo. Después de nuestra primera película, La casa lobo, empezamos un proceso de escritura junto a Alejandra Moffat, nuestra coguionista. Teníamos varias ideas. Por un lado, queríamos hacer una adaptación de alguna obra de Roberto Bolaño, que para nosotros es un escritor chileno fundamental dentro de la literatura latinoamericana. Pero también teníamos otra idea que terminó siendo, quizás, el corazón de esta película: revisitar las películas de nuestra infancia. En general, partimos de las estructuras de los cuentos de hadas. Es algo que hacemos por muchas razones. Amamos la tradición de los cuentos de hadas porque, en cierto sentido, son maquetas del mundo real: todo está reducido a tópicos, a categorías bastante estables. Además, venimos del mundo de la animación, y la animación está históricamente muy vinculada a esos cuentos. Así que siempre tenemos esa estructura como una especie de base. Son relatos que impregnaron profundamente nuestro inconsciente durante la primera infancia, son una especie de mitos principales de nuestra cultura occidental. Por eso es muy fácil asociar espontáneamente nuevos relatos con esos arquetipos. Son relatos arquetípicos precisamente porque sintetizan problemas esenciales de la vida: los conflictos con los padres, el amor, el deseo, el miedo.

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Muchas de estas historias están siendo revisadas hoy desde una perspectiva feminista. Pero en Princesa burro parece que no intentan simplemente corregir una historia machista para convertirla en una historia feminista.
Hay algo que hacemos, a veces de manera muy racional y otras veces de manera menos consciente: en vez de corregir una historia machista para darle una perspectiva feminista, le subimos el volumen a lo machista hasta tal punto que termina pareciendo una visión crítica. En el fondo, nos parece mucho más divertido hacer lo contrario de lo que nuestra ética política contemporánea nos dicta.

La música ocupa un lugar muy importante en Princesa burro. ¿Cómo llegasteis a Jean-Benoît Dunckel (de Air) y qué buscabais en su trabajo?
En nuestras películas anteriores, la música había sido algo bastante improvisado. Encontrábamos músicas por ahí, las distorsionábamos en casa y las incorporábamos a la película. Pero Princesa burro es nuestra primera película con una coproducción más compleja, y tuvimos la suerte de trabajar con Kim El Moumen. Ella nos propuso a Jean-Benoît Dunckel. Para nosotros fue una locura. La película tiene mucho que ver con nuestras primeras influencias y Air forma parte de ese universo. Cuando Kim apareció con el nombre de Jean-Benoît, tuvo muchísimo sentido. Los primeros discos de Air siempre nos produjeron una sensación extraña: parecían música que conocíamos desde siempre, como si viniera de nuestra primera infancia, aunque en realidad era música completamente nueva. Tenían esa cualidad de algo familiar y desconocido al mismo tiempo. Nos parecía que eso podía hacerle mucho bien a la película. Jean-Benoît, a pesar de ser una superestrella en Francia, fue muy abierto a las críticas y a escuchar lo que nosotros queríamos como directores. Queríamos que la música acompañara la película como una especie de aglutinante emocional. Tenía que ser diferente porque hacía referencia a mundos muy distintos, pero al mismo tiempo debía unir todas las partes. Y eso no es fácil. Por eso necesitábamos a alguien con mucha creatividad y sensibilidad artística.

También parece haber un deseo muy claro de hacer una película pop, a pesar de que vuestro cine sea considerado muy extraño o experimental.
Sí, absolutamente. Nosotros hacemos películas muy raras y creo que intentamos contrarrestar eso con algo pop. En esta película hay muchísimas referencias a la cultura pop chilena que probablemente el público internacional no siempre puede reconocer. Hay personajes, música chilena que aparece en la música diegética y muchos elementos de nuestra cultura popular. A nosotros nos tenía mucho sentido que el músico que hiciera la banda sonora fuera un músico pop, alguien que proviniera de ese mundo y tuviera esa sensibilidad hacia la canción y hacia la música popular. Queríamos esa sensibilidad pop, porque era orgánica al universo de la película. En el fondo, Princesa burro nace precisamente de ese encuentro entre lo extraño, lo deformado y lo profundamente pop y reconocible.

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