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CANNES 2010 Competición / Italia

Elio Germano se pone manos a la obra en La nostra vita di Luchetti

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Elio Germano se pone manos a la obra en La nostra vita di Luchetti

En una escena de La nostra vita [+lee también:
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, de Daniele Luchetti –en competición en el Festival di Cannes–, el joven rumano Andrei le dice al protagonista italiano Claudio: «las cosas no se arreglan con dinero». Luchetti ha declarado que la intención de los guionistas (el propio director junto con Sandro Petraglia y Stefano Rulli, sus antiguos colaboradores en Mi hermano es hijo único [+lee también:
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, seleccionado en Una Cierta Mirada en 2007) era evitar mensajes políticos o sociales. Al ver la película se hace, sin embargo, difícil no pensar en la cultura de las apariencias, de la carrera a toda costa hacia el bienestar que ha infectado a la gente como una fiebre. Y tras la descripción del mundo de la construcción que ofrece la película, con la subcontratación en negro, la explotación desenfrenada de los trabajadores ilegales, los edificios construidos con materiales defectuosos... más difícil resulta aún no acordarse de la crónica diaria, de los edificios derrumbados como castillos de arena con la primera sacudida del terremoto.

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Claudio, interpretado por Elio Germano de manera visceral, tal y como acostumbra, supera los treinta y vive en la periferia de Roma, donde la televisión y los éxitos musicales son la única forma de cultura. Luchetti ha creado su película a partir precisamente de un documental que él mismo realizó sobre estas familias necesitadas. Claudio no tiene un trabajo fijo; se gana la vida en el sotobosque de la construcción de esos edificios que observamos, moviendo la cabeza de lado a lado, a las afueras de muchas ciudades europeas. Claudio adora a su mujer, Elena (Isabella Ragonese), que está a punto de dar a luz a su tercer hijo. Cuando Elena muere en el parto, Claudio vive la tragedia como si de una injusticia se tratase, y decide enfrentarse a la vida con cinismo. Así, a raíz del descubrimiento del cadáver de un guardia rumano en el edificio en donde trabaja, muerto en un accidente, Claudio, en lugar de detener las obras y mandar a casa a 50 empleados (casi todos inmigrantes en situación irregular), se dirige al jefe de la constructora (Giorgio Colangeli) y le pide la subcontratación de otro edificio. Para abrir su empresa, Claudio necesita cincuenta mil euros que consigue a través de un préstamo de un camello amigo suyo (Luca Zingaretti), que vive con una antigua prostituta senegalesa (Awa Ly) a la que Claudio confiará el cuidado de su nuevo hijo.

El sentimiento de culpa lleva a Claudio a ayudar a la mujer del guardia fallecido (Alina Madalina Berzunteanu, a la que vimos en La muerte del Sr Lazarescu [+lee también:
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, de Cristi Puiu), llevándose al hijo de esta a trabajar con él e, inclusive, alojándolo en su casa. Claudio no es, en realidad, un tipo duro; no es un criminal. Sus hermanos –uno, guardia urbano romántico e ingenuo (Raoul Bova); la otra, empleada en una aseguradora de desempleo (Stefania Montorsi)– son, por su parte, personas adorables que sienten afecto y ternura por la «oveja negra» de la familia, viudo ahora y con tres hijos que mantener.

Luchetti se echa la cámara al hombro para captar primerísimos planos con un estilo documental que se apoya en la luz natural de la fotografía de Claudio Collepiccolo, así como en un reparto que incluye a verdaderos albañiles, para exponer un posible retrato de lo que una vez se llamó «clase trabajadora», y para contar, ante todo, una pequeña historia familiar.

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(Traducción del italiano)

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