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PELÍCULAS / CRÍTICAS

Crítica: Balada triste de trompeta

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- De la Iglesia orquesta un espectáculo grotesco y excesivo para retratar, con su habitual humor oscuro, un tormentoso triángulo sentimental, metáfora política del tardofranquismo

Crítica: Balada triste de trompeta

La parada de los monstruos, Alfred Hitchcock, Trapecio de Carol Reed, Fellini y el cine gore. Todo eso, mucho más y unos títulos de crédito iniciales tan contundentes como referenciales (en los que el actual Presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España repasa sus fantasmas infantiles: de Frankenstein a Franco, pasando por Paul Naschy) forman el alma del noveno largometraje del responsable de éxitos como El día de la bestia, La comunidad y Muertos de risa. Precisamente en ese film ya diseccionó un duelo brutal entre dos hombres, pero si entonces el escenario era la televisión de la transición política hacia la democracia, y sus cómicos unos antihéroes fratricidas, ahora la acción se traslada al tardofranquismo y a un gris circo ambulante, habitado por elefantes, enanos y un (patoso) hombre-bala.

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Entre todos ellos sobresale el payaso que encandila con su talento a los pequeños, Sergio (un prodigioso, como es habitual en su filmografía, Antonio de la Torre), un tipo capaz de hacer felices a los niños y asustar con su carácter despótico a sus compañeros de caravana, sometidos a sus caprichos, abusos y chistes de dudosa gracia. El único que no acepta esa tiranía posee la cara pálida del payaso triste: Javier (Carlos Areces), un adulto dañado profundamente por una infancia traumática en la que su propio padre, también payaso, sufrió las injusticias de la guerra civil y sus tenebrosas consecuencias. Por eso Javier buscará la venganza atentando contra la figura de ese monstruo seductor y tirano, un sentimiento espoleado por la fascinación que siente por la acróbata Natalia (Carolina Bang), pareja sexual del sádico líder del circo.

El espectáculo, la tragedia y el gran guiñol están servidos, sobradamente aliñados de claroscura astracanada, con mucho del espíritu de Valle Inclán y un final que logra elevar el espectáculo hasta cotas climáticas difíciles de alcanzar tras un show tan caprichoso, irregular y desmelenado como el que ofrece Alex de la Iglesia a partir de un argumento que ha escrito en solitario, sin la complicidad de su habitual coguionista Jorge Guerricaechevarría.

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está producida por Tornasol Films (que ya financió su anterior film, Los crímenes de Oxford [+lee también:
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ficha del filme
]
, rodada en Londres y en inglés), Castafiore Films y La Fabrique 2 (Francia), con la participación de Ciudad de la Luz, Generalitat Valenciana, TVE y Canal+ España , y toma su título de una llorona canción de Raphael, todo un símbolo de la época que retrata: unas décadas en las que España estuvo sumida en el lado oscuro, sometida y manipulada física y psicológicamente, y que aún nos pasan factura. Esa metáfora política es el gran logro de una película frenética que no deja indiferente: fascina o repele.

Entre sus fans destaca el mismísimo Quentin Tarantino, presidente de un Jurado que le otorgó dos premios –mejor dirección y mejor guión- en la última edición del festival de Venecia. Entre sus detractores, aquéllos que inciden en la arbitrariedad, capricho y falta de autocontrol en el cine del bilbaíno, un cineasta sobrado de imaginación, descaro y talento que demuestra, con su última travesura, que no conoce límites ni sentido de la contención. Con todo, el esperpento está asegurado, y el brutal retrato de esas dos Españas que aún conviven, también.

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