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CANNES 2011 Competición / Turquía

Once upon a Time in Anatolia da una lección de cine

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Once upon a Time in Anatolia da una lección de cine

Después de ganar el premio al mejor director en 2008 por Los tres monos [+lee también:
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, el turco Nuri Bilge Ceylan vuelve a competir en el Festival de Cannes para confirmar con Once upon a Time in Anatolia [+lee también:
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el hecho de que estamos ante uno de los estilistas más virtuosos del cine contemporáneo. Merecen la pena las más de dos horas y media que parecen un largo y extenuante viaje a través de la noche; una noche blanca en las desérticas estepas de Anatolia, una noche por la que se yerra guiado por la linterna de un poeta tenebroso.

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“Vosotros os morís de aburrimiento, pero un día os divertirá lo que pasa aquí”. Esta línea de diálogo resuena como un mensaje –el único que permanece– del realizador al público cinéfilo. Hay descubrimientos que llevan su tiempo y los protagonistas de esta historia lo demuestran. De noche, en Anatolia, tres coches recorren una carretera monótona y sinuosa en busca de la escena de un crimen. Un comisario, un procurador, un médico y algunos policías peinan la campiña en compañía de dos sospechosos esposados que no consiguen encontrar el lugar en el que se deshicieron de un cuerpo.

Un cortejo de coches con faros que atraviesan la penumbra, el cielo tormentoso que se derrumba sobre la estepa, los ruidos lejanos (la tormenta, el grito de un animal, un lamento) y el tiempo que se desgrana. Es el arte de captar la sencillez de lo real y estirarla al máximo para sentirlo. Las sensaciones atraviesan la pantalla y hacen sudar como en la frente de esta mayoría de hombres (pocas mujeres como es habitual en la sociedad turca) que Ceylan filma lo más cerca posible de sus pieles. En este túnel de carreteras repetidas, parecidas hasta la crueldad, los diálogos suenan como un eco. Los monólogos, perfectamente cincelados, disimulan toda evidencia como si fuera una imperfección. La pluma de Nuri Bilge Ceylan priva a su obra de las llaves que podrían haber abierto la obra sin problemas. Hay que arriesgarse a dar el salto o pasar de costado, como los detectives.

Cada parada viene seguida de una partida con las manos vacías que agudiza la capacidad de observación del espectador. Luego llega una pausa más larga en un pueblo y cambia el tono. Con una nueva sumersión en la oscuridad a raíz de una caída de corriente el público se interna de nuevo en el clima peculiar, único, de la primera parte de la película, antes de que la linterna de un guía invite de nuevo al viaje en un plano digno de una pintura barroca. Las deambulaciones continúan y terminan con un descubrimiento, lleno de alegría, que tiene lugar a poco más de una hora del final de la cinta. Es el alba, y, con el día, la autopsia debería arrojar la misma luz sobre el crimen. Los neones, en cambio, prolongan la noche. La cólera gobierna el grupo. El cansancio complica las cosas. La observación, los papeles del informe, el trabajo de la justicia, lo absurdo de los crímenes que es preciso explicar... todas esas cosas también llevan su tiempo.

A través de sus personajes, Nuri Bilge Ceylan toca temas importantes de su sociedad: la desigualdad de sexos, la frialdad de la administración, el peso de una tradición obsoleta con respecto a las costumbres, la resistencia al cambio vivido como un acto de colonización. La investigación es densa y oscura, pero la impaciencia de los alumnos que somos se ve felizmente compensada y recompensada por la amplitud magistral de una verdadera lección de cine.

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(Traducción del francés)

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